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El futbol no puede ser pretexto para todo: esta debería ser la primera lección que debemos extraer de la nueva novela de Santiago Roncagliolo (1975), La pena máxima, y publicada recientemente por Editorial Alfaguara. La exigencia por abarcar ciertos temas de moda acaba por enceguecer las baterías del escritor y a forzar una trama que, probablemente, no estaba ni siquiera en el horizonte de Roncagliolo. El resultado es una novela que no habla de futbol porque no lo conoce, no se adentra en él y tampoco lo deshebra. Está ahí porque el momento lo exige. 

Esta novela es un paquete engominado, bien vestido y pulcramente expuesto en la mesa de novedades, especialmente porque se siguen determinadas fórmulas que van encaminadas a convencer al lector de encontrarse ante un libro de fácil lectura, publicado al mismo tiempo que el inicio de un evento mundial como lo es la Copa del Mundo de Brasil 2014 y con una historia que promete misterios. La contraportada es la primera estrategia editorial de una serie de decisiones que ponen a La pena máxima como una obra de temporada, doblegada por coyunturas y exquisitamente vestida para presentaciones.  

La pena máxima es una historia que combina –o intenta hacerlo- el futbol (la historia se sitúa en el Mundial de Argentina ’78) con la novela negra. Roncagliolo narra la historia de Félix Chacaltana Saldívar, un pulcro, tímido e institucional abogado recién egresado cuyo amigo, Joaquín Calvo, recientemente asesinado, guarda más secretos de los que Félix está dispuesto a admitir. El texto se sitúa en el tiempo de la transición democrática de Perú. El lector encontrará una narración ágil, con una historia que a ratos se aísla a sí misma de la trama principal para mostrar otras facetas del protagonista, y con un lenguaje higiénico, poco arriesgado, neutro y que pretende, casi como un sibarita, enseñar el Perú a través de la gastronomía. 

El principal problema de la novela de Roncagliolo es que los temas de extra cancha empaparon la estrategia del escritor: el Mundial de Argentina ’78 en la historia no juega papel alguno. Podríamos fácilmente quitar las burdas narraciones de los comentaristas, quitar las banderas blancas y rojas de las calles de Lima y ponerle otro nombre a los capítulos –que son del estilo Perú-Escocia, Perú-Holanda, etcétera- y La pena máxima quedaría exactamente igual. Si lo que pretendía Roncagliolo era imbricar o superponer la narrativa del futbol como cómplice del crimen, accesorio del espectáculo o conductor de la violencia, no lo logra en modo alguno; y si lo que pretendía era poner a ese deporte dentro de la órbita de la novela como una estrategia comercial, ésta resulta demasiado obvia. 

La primera falta al borde del área la comete Roncagliolo con su personaje principal, Félix Chacaltana Saldívar, pues está medianamente bien construido y esto debido a algunos gazapos de los cuales es imposible desviar la mirada: ¿es concebible que un hombre educado como lo es Félix no tenga ni idea que hay un mundial de futbol cuando todo Lima lo sugiere? ¿Es posible que el eficiente Félix se tarde toda una tarde en redactar un solo oficio? ¿Es creíble que el abogado, en medio de una transición de un régimen militar a uno democrático no supiera lo que significan ciertas palabras como “Yanquis imperialistas”, “Maquinaria represiva del régimen” o “Movimiento de liberación popular”? ¿Podemos comprarle al escritor la personalidad de su protagonista cuando en la página 38 dice que, “Él jamás rompería una regla” pero en la 40 rompe una? Félix Chacaltana Saldívar es un personaje que a fuerza de parecer demasiado educado se le sale de control a Roncagliolo: no es posible hacer un thriller con protagonistas con demasiadas convicciones. 

Roncagliolo se ha dado cuenta o lo ha aceptado así, desde hace varios partidos, que el lenguaje no tiene que ser un obstáculo para la circulación del balón en varios sectores de la cancha: esta es una novela manufacturada –pues estamos ante un producto, en todo el sentido de la palabra- para el mundo hispanoamericano. No es, por supuesto, una historia que hermane a distintos países por la situación de pobreza o violencia sino, simple y llanamente, porque pretende ser divertida y está escrita en español. No pone un discurso sobre la mesa, no es una apología de la democracia y ni siquiera una memoria del futbol. La pena máxima es. Y ya. 

¿Debe la literatura ser una trinchera exclusivamente dedicada al arte, a los grandes temas humanos, a construir discursos que nos alienten a diversificar nuestras ideas? La literatura es un vagabundeo que termina generando responsabilidades: la escritura cobra sentido cuando echa luz, limpia, aterroriza, conmueve, facilita o explora interacciones imposibles para otros pivotes, resortes o depósitos humanos como la historia, la sociología o la filosofía. La pena máxima no quiere dialogar con nadie excepto con ella misma: es un ejercicio de inhalación-exhalación que quiere llegar a la línea de gol sin muchos problemas, sin demasiadas convicciones, sin una sustancia que palpite en su interior. 

La novela de Roncagliolo está dictada desde y para un mercado muy específico de lectores, construida para no aburrir, enmarcada para perpetuar la industria del entretenimiento. Es decir, una novela que se mueve con el viento editorial, con personajes planos y sin muchas ideas, frágil, que no conmueve, denuncia o defiende, reservada a desterrar levantones de polvo que ofusquen la mirada del lector en lo que importa: una sorpresa por acá, un poco de amor adolescente, un misterio aparentemente irresoluble, el futbol como escenario. 

La pena máxima no tiene mucho que ofrecer. Es tan gris, tan bien estructurada, tan consumible y tan fervorosa por seguir ciertas fórmulas, que termina abandonando al escritor al dejarlo solo en la banda. Santiago Roncagliolo no merece la expulsión, tampoco la ovación de la hinchada, el aplauso del director técnico, los elogios de sus compañeros o la glorificación por parte del periodista. No se le recuerda algún movimiento táctico innovador, un toque de pelota elegante o algún tiro libre bien cobrado. 

Es decir: el jugador estuvo en la cancha, pero nadie se acuerda de él. 

Guillermo Fajardo

 

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