Quienes no se sienten cómodos con los eventos que generan una atracción masiva, a escala global, como el fútbol o la navidad, se les ha ido pegando el mote de aquél famoso cuento para niños escrito por Dr. Seuss: ¿Cómo el Grinch se robó la navidad?

Hay Grinches de navidad y Grinches de fútbol. Grinches de todo aquello que patrocina Coca-Cola.

El Grinch no es un crítico social, en todo caso es un desadaptado que por razones físicas y emocionales es “anormal”:

El Grinch odiaba…podía ser que su cabeza no estaba bien puesta, o tal vez que sus zapatos estaban demasiado apretados, pero yo creo que la razón más probable es que tenía el corazón dos tallas más chico.

El Grinch, es “el otro”, verde, deforme, feo, sin corazón. El Grinch no es un humano, no participa de las fiestas y las celebraciones que representan “la humanidad” que tiene la cabeza bien puesta, buenos zapatos y mucho corazón. Es decir, la imagen del Grinch es la forma de estigmatizar a quienes quedan fuera de la celebración por voluntad propia. Si estás fuera, no eres humano, si no te gusta el fútbol, si no te interesa el mundial, eres un Grinch.

Los Grinches del fútbol hoy, usan un argumento muy sencillo, “el fútbol es una distracción frente a los asuntos públicos realmente importantes”. El editorial de hoy de El Universal, lo resume así:

Existen muchos ejemplos que justifican la creencia de que, en sí mismo, este deporte tiene un ingrediente enajenante perjudicial para la atención que requieren los asuntos públicos. Las victorias deportivas sirven para atenuar los males y distraen la atención, como les sucedió a los integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas hace unos meses. Perdieron el control de Luz y Fuerza del Centro justo en el partido en el que México calificó al Mundial que hoy inicia.

Sin embargo, hay ingredientes en el deporte de afición masiva que sólo se encuentran en el deporte de afición masiva más popular del mundo, justamente porque es masivo y popular. En su libro, Futbol a Sol y Sombra, el uruguayo Eduardo Galeano se pregunta si el fútbol es el opio de los pueblos, y ofrece una respuesta a los Grinches del fútbol:

¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que el tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del ’78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió “este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

 

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