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En Argentina existe una iglesia dedicada a Diego Armando Maradona. La religión es el futbol, y el dios es Maradona. Tiene una capilla en Nápoles, matrimonios registrados, un “Diego Nuestro” (como el Padre Nuestro católico) y diez mandamientos. Por supuesto que para la mayoría de la gente es una exageración, pero es tan ridícula como pacífica.

Independientemente del irrelevante discurso religioso, la iglesia maradoniana es una larga tela para trazar un gran debate. Primeramente, es viva muestra de la pasión argentina por el futbol, que trasciende el nivel emocional hasta llevarlo al religioso. Las hazañas de Maradona han causado en Argentina una reconfiguración de la cultura popular en ese país. En las calles de Buenos Aires, por ejemplo, se encuentran zonas con graffiti de Maradona. Grandes escritores han hablado de futbol en Argentina, pero desde Sábato hasta Eduardo Sacheri hay una gran amalgama de textos que hacen referencia a “D10S” y su impacto en la cultura. Hay pinturas, cuentos, ensayos, estudios antropológicos y sociológicos, canciones de todos los géneros, entre muchas otras formas de arte, que hacen tributo o referencia a las grandes hazañas de “El Diez”.

Diego Maradona es la figura más reconocible de Argentina, al nivel de Gardel, Borges, Sábato y Cortázar, aunque quizás sea más popular pues el fútbol es, indiscutiblemente, más popular que cualquier otra forma de expresión. ¿Y cómo es que se transformó en una figura mesiánica, religiosa, legendaria y tan influyente en la cultura de su país?

En términos de futbol internacional, es decir de selecciones nacionales, cada equipo representa su cultura, sus modos y sistemas de entendimiento del deporte; se expresa en cuanto a su contexto: si sus jugadores son rápidos por capacidades físicas, el estilo será veloz, mientras que sí los jugadores son fuertes físicamente, se optará por un enfoque de presencia física en zonas importantes de la cancha. Maradona, en este caso, es la personificación perfecta del argentino como él se entiende: hábil, ingenioso, rápido, capaz de trascender en escenarios grandes frente a europeos; balón pegado al pie, recortes en corto y pases perfectamente colocados, el futbol de potrero, ese que se aprendió en Argentina desde el inició del deporte por las condiciones en las que se jugaba.

El argentino se siente tremendamente identificado con Maradona. Llegar a lo más alto y darle una alegría tan grande al pueblo entero expresándose a través del futbol. Es mucho mayor, por tanto, la victoria argentina en 1986 en México que la de 1978 en su propio país. Maradona “humilló” futbolísticamente a los ingleses a pocos años de la guerra de las Malvinas, lo que se entendió como una declaración: Argentina > Inglaterra, como mostrado ante el mundo. Ese factor combinado con la pasión infinita que significa que en ese país se entiende al futbol como lo más importante que existe, transformaron a Maradona en la figura cultural y religiosa que es.

Pelé, asimismo, representa al que en su momento fue el “nuevo brasileño”. A Brasil le costó muchos años encontrar un equipo futbolísticamente fuerte hasta que decidieron incluir mestizos y afrodescendientes en sus clubes y eventualmente en la selección nacional. La facilidad corporal de estos últimos le dio un giro de 180 grados a su juego y a su identidad. Brasil trascendió en el mundo primero con su modo de jugar y a partir de ahí con su cultura; el primer referente cuando alguien piensa en Brasil es el futbol. La reconfiguración tiene nombre propio: Pelé.

Si bien Ademir cargó al equipo de 1950 que sufrió el Maracanazo y, de haber sido victoria para los anfitriones el Rey quizás sería Ademir, Pelé es el que representaba en su totalidad a la nueva Brasil. Era joven, nuevo, rápido, certero, ingenioso, talentoso, técnico, excelente driblador e influyente en el juego. No era el Brasil “blanco”, como explica el sociólogo Gilberto Freyre, sino el Brasil que se gestó en los años cuarenta con el “jeitinho” (o ‘pequeño modo’) basado en la facilidad para engañar con el cuerpo yendo hacia un lado y salir hacia el otro con rapidez.

Brasil se puso en el mapa y Pelé se transformó en héroe nacional y eventualmente en leyenda, se volvió el Rey. El equipo brasileño de 1982, por el otro lado, no llevó la copa del mundo a casa a pesar de ser quizás el mejor equipo brasileño de todos los tiempos, o al menos el que mejor futbol jugaba. Pero no era un equipo que entraba en la nueva configuración de la identidad brasileña, si acaso era un equipo considerablemente mixto. Al no llevar la copa del mundo a casa, ninguno de los genios de esa generación se transformó en más que un referente de una selección con muy buen futbol (para muchos estudiosos del juego, el mejor), ninguno fue héroe nacional, y por tanto leyenda.

En México estuvo Hugo Sánchez, un hombre que puso a México en el mapa europeo más allá de ser un anfitrión de dos mundiales. Hugo se volvió leyenda del Real Madrid y es reconocido como uno de los mejores delanteros de la historia, pero para muchos mexicanos no significa mucho más que un extraordinario jugador nacido en el país. Cuauhtémoc Blanco, sin embargo, es en mayor extensión ese representante del mexicano.

Cuauhtémoc era un genio con el balón en los pies. Su técnica no era ortodoxa, pero sí muy depurada. Tenía una excelente visión de juego y disparo de larga distancia, pero principalmente era lo que los mexicanos querían que fuera. Su naturaleza era provocadora, burlona, a veces soberbia. No le importaba ser un atleta y mejorar su estado físico, se metía en las famosas “broncas”, provocaba al rival hasta desquiciarlo, amaba anotarle a los Estados Unidos y era un excelente improvisador. Hacía lo que muchos mexicanos habrían soñado con hacer, lo que se encuentra en las canchas del futbol llanero, amateur y las “cascaritas” del domingo. Blanco era uno como todos los mexicanos, como Maradona entre los argentinos y Pelé entre los brasileños.

En Inglaterra Wayne Rooney es el que en el juego moderno ha tomado este papel del jugador inglés, heredero de Paul Gascoigne. Hidetoshi Nakata lo es para los japoneses, ahora Shinji Kagawa o Keinshuke Honda de cierto modo, o Landon Donovan para los estadounidenses e Iniesta para los españoles. Michel Platini lo fue para Francia, Johan Cruyff para los holandeses y Franz Beckenbauer para los alemanes.

Los jugadores que se transforman en ídolos nacionales lo son por ser quienes representan de mejor manera la identidad individual y colectiva de su país y de su cultura. En algunos países deben realizar una hazaña de gran relevancia para lograr poner su nombre entre ellos. Por eso se le exige a Lionel Messi ganar una Copa del mundo para estar al nivel de Diego Maradona, y aún así será realmente difícil que lo emule por el contexto de aquel mundial. En otros países, sin embargo, no se exige ganar una copa del mundo o una Champions, sino solamente representar y exponer a través de las victorias o pequeñas victorias, como esos juegos de Cuauhtémoc Blanco en Francia ’98, los goles de Donovan en juegos y copas importantes y a nivel internacional, o la apertura del futbol internacional a un país futbolísticamente emergente como Hidetoshi Nakata con Japón.

Los futbolistas son héroes nacionales cuando la identidad colectiva entiende que “él podría ser yo”, como un representante de que “somos todos”. Claro que existe una diferencia entre eso y el formar una religión alrededor de ese hombre, pero ahí influye mucho más el contexto e historia nacional. Finalmente, el jugar futbol es un modo de expresarse tanto como lo es el idolatrar a un futbolista: cada cultura es diferente.

Leonardo Waldman