suarez

Corrían ¿o se arrastraban ya? los últimos minutos del alargue. Un vaticinio ominoso iba materializándose con nitidez creciente: la Pena Máxima, ineluctable, habría de decretar al vencedor del partido. Una lástima, porque con su lógica fría, directa, sin florituras, el manchón penal habría de mancillar el jogo bonito que había venido desarrollándose hasta ese momento.

Ya se sabe que los tiros penales castigan no a uno sino a los dos equipos, al futbol en su conjunto, pues lo reducen a su más básica y elemental expresión: sin regates espectaculares, sin juego colectivo, sin estrategia subyacente, sin genialidades; el tiro a lo Panenka es acaso el único posible destello de genialidad dentro de la mecánica del penal. Pero no es nada más que eso: un centelleo. El penalti es un disparo casi a quemarropa. Un tirador solitario a once vertiginosos pasos de la meta. Y del otro lado, un arquero a la espera, solo también, meciéndose de un lado al otro hasta que el estallido lo derriba. Como si la portería fuese un paredón, el guardameta un enemigo y el silbatazo la orden de pasarlo por las armas.

Pero volvamos a las postrimerías de la contienda. El tiempo se agotaba. Llegaba la acometida ghanesa, asediaba el área grande, embestía una y otra vez ese universo cuadrado y caótico. Hasta que tras un tiro libre indirecto, Dominic Adiyiah parecía restablecer el orden con un testarazo casi inapelable. Casi. El cabezazo superó la mano enguantada y rígida del guardameta Fernando Muslera y también la mano desnuda y trémula de Jorge Fucile, playera número cuatro, defensa que en la desesperación quiso interrumpir la trayectoria del balón a como diese lugar, sin éxito. Pero la suerte no estaba echada. Quedaba una mano de salvamento, la de un delantero en la retaguardia por necesidad, Luis Suárez (9), quien la interpuso entre el esférico y la gloria queya cantaba Ghana (tal vez África) entera. Quince segundos después, aparecía otra mano en el horizonte, rigurosa ésta, que primero señalaba hacia el manchón penal y luego desenfundaba una cartulina roja: el color de la censura, como lo sabemos todos desde la infancia. Expulsión y penalti. Un penal para ahuyentar la tanda de penales que momentos antes parecía ya inexorable.

La mano de Suárez fue una violación al reglamento, sin duda, pero eso además de ser obvio es secundario. ¿Fue también una burla al fair play? ¿Querer ganar por las malas? En una palabra, ¿una inmoralidad? La misma pregunta puede plantearse sobre artimañas similares de otros “rudos” del futbol: por ejemplo, los que fingen un dolor en la rodilla o en el alma para tenderse en el césped, poner cara de sufrimiento y robarle minutos al reloj; los que desquician al contrincante a base de escupitajos, insultos raciales, o fintando con entregar el balón al oponente (que lo busca como un desquiciado porque su equipo está debajo en el marcador y el partido se va muriendo) para luego enviarlo en dirección opuesta. Lo hacen aunque les valga una tarjeta preventiva. Pero ¿acaso el amarillo (o el rojo) compensa lo que los locutores, desde el Perro Bermúdez hasta Luis García, llaman el espíritu antideportivo? 

Limitémonos aquí a las manos y su sanción. Sobre esto dice la duodécima de las “Reglas del Juego” de la FIFA: “Esta sanción [la expulsión] no emana de la acción del jugador de tocar intencionalmente el balón con la mano, sino de la intervención inaceptable y desleal de impedir la anotación de un gol.” Subrayemos la censura moral explícita del reglamento: meter las manos no es apropiado en general; meterlas para impedir el gol raya en la deslealtad.

¿Cómo valorar las manos de Suárez? Yo encuentro tres rutas posibles. La primera: meter las manotas en una situación inminente de gol, sabiendo uno que será expulsado, es una estrategia inobjetable y hasta recomendable. Violar la regla es parte del juego. Es la actitud general ante la vida de los llamados libertarios, seguidores de una doctrina filosófica rancia que tiene entre sus máximos exponentes a quienes creen que la ley es una imposición del Estado, que casi siempre es ilegítimo y cuyo máximo interés es joder a la gente. Los más radicales creen en la libertad absoluta del individuo; piensan que circunscribir, por ejemplo, el derecho a portar armas es un oprobio; cobrar impuestos un atraco; e imponer límites de velocidad un descaro. Los libertarios moderados son menos irracionales. Para ellos, la prohibición de estacionarse frente a un hidrante, con su consiguiente multa de n salarios mínimos, no lleva contenida una censura moral, del estilo: “es una desconsideración y una falta de respeto a los demás aparcar frente al hidrante.” Para este libertario, la prohibición simplemente quiere decir: “el precio del estacionamiento frente a un hidrante es de n salarios mínimos.” Así, desde la perspectiva libertaria moderada, meter las manotas en el terreno de juego no representa un quebranto a una regla moral; es un cálculo estratégico éticamente aceptable. El libertario, como Poncio Pilatos, se lava las manos después de usarlas dentro de la cancha, sin cargo de conciencia.

Otro posible abordaje a la cuestión consiste en condenar las manos de Suárez. Aquí la idea es que transgredir las reglas es inaceptable moralmente porque equivale a quebrantar el espíritu del juego. Las reglas reflejan un ideal de lo que debe ser el futbol; la plenitud de ese deporte ocurre precisamente cuando todos respetan las normas, es decir, cuando todos, salvo el guardameta, meten las manos. Lo contrario va en contra de la excelencia del juego, que se define por la habilidad del jugador con los pies, la cabeza, el hombre, el muslo: todo menos las extremidades superiores, que solo son aceptables para meter el balón a la cancha. Desde esta perspectiva, llamémosla purista, el futbol es un deporte de caballeros (gentleman), de aristócratas cuya nobleza los obliga a honrar en todo momento las virtudes deportivas. Así, controlar el balón con las manos es tan grave como manosear las nalgas de un desconocido: un acto inadmisible cuyo castigo no compensa la ruptura del orden ético. No es fortuita la similitud entre las palabra amaño y mano. Para el purista, ganar con mañas/manos es el sello de la moral del esclavo, en la expresión de Nietzsche; el recurso de quien no puede ganar mediante el despliegue de sus dotes individuales (atléticas, psicomotrices, etc.) y por lo tanto apela a los ardides bajos de futbol colmillo.

Tercera y última interpretación ética sobre las manos de Suárez. Según ésta, sus actos son un ejemplo del dilema de las manos sucias, como se ha bautizado a éste predicamento moral bajo la inspiración de obra de teatro homónima de Sartre. El dilema puede resumirse así: ciertos actos transgreden normas morales básicas (mentir, traicionar, violar la ley, matar, usar las manos en una cancha de futbol); no obstante, llevarlos a cabo es indispensable para alcanzar un bien superior (la Patria, la Revolución, la Justicia, el Mundial). Hay que desatender la moral para alcanzar aspiraciones de orden moral. Quien quebranta la ética en aras de la ética, no obstante, debe aceptar resignadamente el castigo por sus actos. En esta tesitura, Suárez burló la moralidad ordinaria para hacerle justicia a su tierra, que después de sesenta años ya se merecía, según él, levantar la copa, aceptando su expulsión con lágrimas en los ojos. De todas las valoraciones, ésta es, por mucho, la menos plausible.

Nos desvía un tanto del problema moral bajo examen, pero se impone una escala forzosa para despachar falsas analogías. El celebérrimo caso de la mano de Dios de Maradona, que dicho sea de paso tiene su entrada en Wikipedia, ¿redactada por el espíritu santo?, no es ni por asomo como el de Suárez.La historia de la mano de Dios la conocen todos y no hace falta relatarla. En cambio merece un comentario la reacción del argentino en la entrevista donde se le pregunto a bocajarro si había metido las manos para ganarle el balón al portero inglés Peter Shilton. Con ingenio y humor gauchesco,  respondió Maradona que el tanto había sido “un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios”. La respuesta, para la cual sí uso la cabeza, a diferencia de lo que hizo para anotar el tanto, casi lo redime. Casi. (Digamos, entre paréntesis, que las palabras de Maradona admiten un ejercicio exegético cuidadoso: ¿fueron un chascarrillo autoexculpatorio para salir del aprieto o se estaba atribuyendo el argentino propiedades divinas? ¿Quiso decir Maradona: “un poco con la cabeza y un poco con… mi mano?” Misterio.) En otra entrevista, muchos años después, dios Diego confesó que tras anotar el tanto sus compañeros de equipo tenían cara de ¡estamos robando! Y es que en efecto: se trataba de un atraco. Aquí no hubo un uso estratégico de la regla y ni siquiera manos sucias, sino un descarado ¡manos arriba! y el consiguiente asalto. Hace algunos años, durante un encuentro de la liga italiana, el sempiterno futbolista alemán Miroslav Klose (a sus 36 años) pidió al árbitro que anulara el gol que el propio Klose acababa de meter con las manos. Puede ser que en ese duelo no hubiese demasiado de por medio; además, tratándose de la liga italiana, hasta en el fair play puede esconderse un timo. A pesar de todo, el contraste entre Maradona y Klose es significativo. Tal vez no todo esté perdido en el futbol.

Dejemos la mano de Dios y volvamos a la mano de Suárez. La atajada proverbial de nuestro protagonista dio vida a(l) Uruguay. El ghanés Asamoah Gyan, quien fue el responsable de tirar el penalti ocasionado por Suárez, terminó por estrellar el esférico en el larguero, en la última jugada de la prórroga del encuentro. Y así Uruguay renació de sus cenizas, con el loco Abreu de último en la tanda de penales tirando a lo Panenka. Los charrúas no ganaron el Mundial pero se quedaron muy cerca el podio. 

Fue aquel, sin duda, un partido épico. Y sin ética. Como muchos de los que nos depara Brasil 2014.

Juan Espíndola Mata