Cuando suena el himno nacional de un país en un mundial se escucha mucho más que la melodía protocolar antes de comenzar un partido de futbol. Se escucha a los aficionados que hacen explotar su garganta cuando su himno, saben, lo escuchan tantas personas de tantos lados diferentes del mundo. Lo gritan, que se escuche el grito de guerra, de liberación o de amor por su propia tierra. Que se oiga de dónde vienen y cómo van a enfrentar a la nación que tienen frente a ellos, con todo el bagaje de su historia.

“La cultura”, define Edward Tylor, “es ese todo complejo que incluye el  conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las  costumbres y cualesquiera otros hábitos y capacidades  adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad”.  (Tylor 1871)

Cada país tiene su propia cultura, definida por su historia, costumbres, religiones y tradiciones. Esta se define tanto por el espacio geográfico en el que está, como por las influencias de conquistadores y conquistados a lo largo de su historia.

Los mundiales de futbol reúnen 32 culturas en un mismo espacio geográfico, con los ojos del mundo puestos en ellos durante más de un mes. Llegar a una Copa del mundo es una lupa gigantesca hacia las culturas, tradiciones y costumbres del mundo, una oportunidad única de compartirlas y mostrarlas; “así vivo yo, así vive mi país, así entendemos al mundo”.

El futbol internacional, por sí mismo, ya es una expresión de la cultura de cada país. Los jugadores crecen bajo el mismo ambiente, costumbres, tradiciones y cambios. Son producto de sus guerras, batallas, literatura, arte y política. El futbol como catarsis, como en su nacimiento en Inglaterra, conlleva el contexto y bagaje de cada jugador y el contexto colectivo de 23, once en la cancha, definidos por un estilo futbolístico que se desarrolló en el país, también a partir del contexto histórico del momento en que se gestó y las diferentes personalidades que influyeron. La mentalidad, como en la guerra, se refleja ahora en la manera de jugar, de ganar.

En Brasil, por ejemplo, la gente que intentaba a principios del siglo XX imitar el British way of life comenzó a jugar futbol en clubes exclusivos de la clase alta; solamente eran admitidos jugadores blancos. Con el paso del tiempo, tras la formación de una liga para que los diferentes clubes disputaran un torneo, Fluminense comenzó a aceptar en 1910 jugadores afrodescendientes. Sin embargo, para los torneos internacionales solo jugadores de ascendencia brasileña (en concreto, blancos), eran aceptados para representar a Brasil. Era la manera en que querían que el mundo los viera.

Después de papeles discretos, casi irrelevantes, en el primer mundial y las primeras Copas América con un equipo representativo de la “vieja Brasil”, y con los equipos cada vez con más integrantes afrodescendientes como los mejores de los torneos locales, Brasil decide comenzar a incluir jugadores de color y mestizos en su selección. A partir de ese momento se reconfigura la identidad brasileña completamente. 

Para [Gilberto] Freyre [antropólogo brasileño], la comisión técnica [que llevó la plantilla al mundial del 38] tuvo el coraje de colocar en la selección la cara de aquel Brasil del cual las élites brasileñas se avergonzaban en el pasado” (Soares, 152). Según Freyre, el futbol marcaba las diferencias que tenían los brasileños con los europeos, y con ello acreditaba las particularidades que sobresalían de Brasil y de su futbol frente a los demás. “El imaginario que existe detrás de esta construcción de identidad es que, mágica o creativamente, el brasileño descubriría el camino propio como nación cuando aceptara el Brasil como ‘él es’, esto es, cruzado” (Soares, 152). Brasil, pues, se unía como nación en la búsqueda de una nueva identidad colectiva, cuya expresión canalizaba a través del futbol.

Brasil comenzó a dominar el futbol internacional gracias a que sus jugadores tenían una increíble facilidad con los movimientos corporales; una mezcla de samba y capoeira con el balón se transformó en su sello característico y en uno de sus máximos exponentes culturales ante el mundo. La “nueva Brasil” nace a partir de la fascinación del mundo con el futbol brasileño, lo que los hizo entender que esa era su nueva identidad, que el país se había transformado desde la llegada de los esclavos, pasando por la abolición de la esclavitud y el fin del imperio; los mundiales eran las primeras muestras de su cultura ante la lupa que significaban estos torneos internacionales.

El caso de Argentina es similar. Si bien los argentinos no tienen la facilidad corporal de los brasileños, desarrollaron su futbol en los famosos “potreros”, espacios reducidos en las calles donde los niños jugaban futbol. El espacio era tan pequeño que debían encontrar la manera de llevar siempre el balón pegado al pie e ir quitándose oponentes con movimientos pequeños y rápidos, al mismo estilo de su máximo representante, Diego Armando Maradona.

Las “barras” e hinchadas argentinas características de su futbol nacional, se mueven por su país tanto como por su club, pues su sentido de identidad con el mismo solamente ha crecido con el tiempo. Estas barras argentinas nacieron a partir de que los clubes eran, de hecho, clubes deportivos completos donde se formaron los primeros equipos de futbol para representarlos. En ese entonces, cada club representaba a cada barrio, por lo que localmente era la representación de pequeñas zonas geográficas y, por tanto, culturales. Todas estas identidades forman parte del colectivo llamado Argentina, por lo que del mismo modo en que los hinchas argentinos ven representada su identidad con un club, también ven a la selección como la portadora de la identidad colectiva argentina. Maradona se convierte en el héroe nacional al llevar esta a los ojos del mundo en México 1986 con el estilo característico, humillando a los ingleses en un partido histórico cuatro años después de la guerra por las Malvinas.

El mundial es un viaje por de la historia y cultura de cada país y las ve enfrentándose mano a mano a través del juego. Cuando Costa de Marfil y Japón juegan un partido en un mundial se enfrentan mucho más que 22 futbolistas, se enfrentan dos maneras de entender el mundo representadas en la manera de practicar un juego. Japón, ordenados, ligeros físicamente, inteligentes y capaces técnicamente para encontrar soluciones rápidas, juegan ante los marfileños, portentos físicos, veloces, directos e incansables. Sería diferente, por supuesto, que si jugaran contra Uruguay, un equipo que quizás tenga jugadores menos fuertes, más técnicos y que además juega con la “viveza”, que ellos entienden como la capacidad de engañar con y sin el balón, al árbitro o al portero, para sacar el máximo provecho de situaciones que los puedan llevar a trascender.

Cuando México se enfrenta a Rusia se encuentra el deseo de trascender internacionalmente a través del eterno deseo mismo mexicano de hacerlo, con la velocidad e ingenio mexicano, contra el deseo de probar que Rusia también puede ser una potencia semejante a la que fue ya la URSS, con el mismo enfoque “científico” y disciplinado que Lobanovsky, Maslov o Arkadiev, importantes técnicos en la historia del futbol de la URSS, implantaron localmente y probaron exitoso internacionalmente.

Los alemanes, portentos físicos, determinados, siempre con el deseo de dominio atacan a cualquier equipo que se pueda poner en frente, determinados a ganar, a sabiendas de que deben hacer lo que se espera de ellos. Alguna vez Philip Lahm, capitán alemán, decía que no se ponía nervioso al cobrar los penales porque no le da miedo fallar, pues anotar es lo que se espera de él, “es parte de nuestra cultura”.

Dentro de los estadios mundialistas se escuchan también los aficionados, quienes gritan con más ganas y más fuerza con el mundo observando. México canta el cielito lindo, abuchea al portero al despejar y alienta con “¡Sí se puede (trascender)!”. Los españoles llevaron su tradicional “olé” de las corridas de toros, los ingleses sus cánticos característicos y el God save the queen a capella más de tres veces por partido. Los equipos africanos cantan y bailan durante todo el partido, cuando pueden con tambores y, en Sudáfrica, las recordadas vuvuzelas. En un estadio, durante 90 minutos, veintidós jugadores muestran la cultura de su país con el balón y los aficionados su entendimiento del juego y su manera de vivirlo.

Afuera de los estadios, tanto en los lugares turísticos como en los de entretenimiento nocturno, los aficionados de cada país se reúnen, unidos por el haber crecido en el mismo contexto que la otra persona que usa la playera de la selección de su país. Mexicanos salen a las calles con los sombreros charros, mariachis, bigotes de Emiliano Zapata, tequila; dejan en claro el mensaje: somos mexicanos, esta es nuestra cultura. Intercambian con culturas de otros países, toman vodka con los rusos, cerveza con los alemanes y le dan tequila a los italianos. El intercambio cultural es masivo, tanto en los países anfitriones como en campañas publicitarias, que apelan tanto al nacionalismo como a la manera de vivir el juego de cada país. 

La final del mundial es, entonces, para muchos países la exposición máxima ante del mundo de su cultura. Es el evento deportivo más visto, es cuando todo el mundo pone atención a cómo es un país, cómo juega y por tanto cómo se expresa. Lo fue para Brasil en los años cincuenta y sesentas y de ahí en adelante. Lo fue para la Italia de Mussolini y para Argentina en el ’86 en mayor medida que en el ’78, primera vez que ganaron la copa del mundo (pero no con la guerra de las Malvinas y Maradona como representante).

Ganar un mundial tiene un significado para muchos países donde el futbol es parte importante de su cultura, pues además es el deporte más popular del mundo. En el sentido de exposición cultural, desde un enfoque antropológico y sociológico, podría encontrarse un valor casi igual al literario. Las grandes obras literarias son creaciones que surgen a partir de un contexto, un bagaje y una historia. Tienen una manera de contarse, narrarse y articularse. El futbol es igual. Los ingleses juegan los mundiales como Dickens, los alemanes como Goethe, los rusos como Dostoievsky, los argentinos como Sábato y los mexicanos, de cierta manera, jugamos como Pedro Páramo, siempre encontrándonos en tierra de fantasmas: el del quinto partido. 

Leonardo Waldman


Referencias:

Tylor, Edward B. Primitive Culture: Researches into the Development of Mythology, Philosophy, Religion, Language, Art, and Custom. 2nda ed. 2 vols. Londres: John Murray, 1873.

Soares, Antonio Jorge «Futebol brasileiro e sociedade: a interpretaçao culturalista de Gilberto Freyre», en Pablo Alabarces (ed.), Futbologías: Futbol, identidad y violencia en América Latina, Buenos Aires, CLACSO, 2003, pp. 145-162.

 

Un comentario en “La exposición cultural del mundial

  1. Lo que me llama la atención es cuántos clichés, cuántas imágenes y estereotipos culturales son los que se expresan y circulan. No puede ser que nos (re) conozcan por tales. En este sentido pienso que los intercambios son hasta cierto punto pobres; la riqueza cultural se queda en casa y lo aquellos elementos culturales (para el caso mexicano puede ser la canción de Cielito lindo) que van al Mundial no son del todo representativos más bien desvirtuados.