messi

En los últimos meses, los vómitos han acompañado a Lio Messi más que su magia en los botines. Incluso en el reciente partido de preparación ante la selección eslovena la náusea escoltó nuevamente al argentino, quien a pesar de ello marcó un gol. ¿Será el malestar o el futbol del 10 lo que prevalezca en su travesía mundialista?

Su baja de juego en este año ha sido notoria. Hasta el espectacular 4-3 sobre el Real Madrid, Lio fue reconocible. Desapareció en la final de la Copa del Rey y también en la Champions ante el Atlético de Madrid, donde su equipo fue incapaz de anotar el gol que le diera el pase a semifinales. La voluble fortuna le brindó una de esas oportunidades que abundan para los elegidos: a pesar de los traspiés en la liga, Barcelona tenía la oportunidad de coronarse si vencía a los colchoneros en su propio estadio, el Camp Nou. La directiva sabía que necesitaban al mejor Messi y le dieron un “pequeño” espaldarazo renovando su contrato para convertirlo en el futbolista mejor pagado del mundo. El apapacho fue infructuoso pues el astro volvió a eclipsarse sobre el césped. El empate dejó al barcelonismo con las manos vacías este año y con algo aun peor: la duda sobre su caudillo.

El futbol no escapa a la ingratitud. Unas semanas de sonambulismo bastaron para olvidar que Lio a veces también es humano. Es muy difícil pensar en otro futbolista que por tantos años haya mantenido un romance con el balón tan estable como él. Desde su debut su fidelidad ha sido impropia de los vaivenes y subibajas habituales. Ni Pelé mantuvo un ritmo en justas tan competitivas por tan prolongado tiempo ni Maradona fue capaz de sostener su juego tanto como lo hiciera con sus escándalos y excesos. Todo romance, sin embargo, tiene un fin y si bien es temprano para saber si lo es  en el caso de Messi, la crisis por la que atraviesa es preocupante.

Algunos argentinos albergan la esperanza de que el desdén de su figura sea imputable a que su cabeza cambió las franjas blaugranas por las albicelestes. Nunca tan querido por sus compatriotas, Messi sabe que su ascensión en solitario al trono del reino del balompié depende de la obtención de una copa del mundo. Es comprensible su agotamiento y cansancio en el club: a Michael Jordan también le aburrió ganar todo, ser el mejor. No pasa lo mismo con su selección. A Messi no lo aguarda solo Brasil sino la historia, pero también lo acecha el escarnio y ese doloroso fracaso de rozar la cima sin llegar a ella.

¿Alguien sabe cómo encarar la víspera de convertirse en leyenda? Seguro que Lio tampoco. Su deambular por las canchas con la camiseta de su equipo y sus náuseas son reflejos de un malestar. Cuando ruede la pelota, Messi tendrá una oportunidad vedada para muchos de nosotros: encontrar su propia cura y, de paso, disfrutar (o padecer) la soledad del que ve a todos hacia abajo.

Erick López Serrano