Fueron lágrimas de dolor y satisfacción las que le vimos llorar hace poco en un diálogo franco y emocional. Era el llanto que rezuman los ojos del futbolista que ha bregado, incansablemente, y cuyo sufrimiento, además, ha sido compartido por sus seres más queridos.  “Me dan estas lágrimas porque no solo yo he sufrido”. El futbol es sufrimiento, pero a veces el dolor es el preludio de la felicidad. Chicharito lo sabe: él es un guerrero de las canchas, un cristero del futbol.

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La fe no pide pruebas: no es una moneda de cambio sino un voto de confianza. El devoto creyente no necesita evidencia de que Dios existe y de que nunca dejará sin amparo (injustificado) a sus fieles devotos. Pero si hicieran falta pruebas, Chicharito las produce. Dice Santo Tomás que el mundo es una sucesión de causas, y que si rastreamos la cadena causal en busca de la primera causa, tenemos por fuerza que encontrar una causa no causada. Y esta Causa sólo puede ser Dios. Más convincente y menos especulativa es la versión del Chicharito. Su demostración de la existencia y la grandeza de Dios, a diferencia de la tomista, no gira en torno a la causalidad sino a la casualidad, la coincidencia, o mejor dicho, la “diosidencia”, ese concepto crucial de la teología popular de Occidente (de la República). Es palabra de Chicharito: “Si hay gente que no es creyente que me lo explique porque la diosidencia que pasa que mi abuelo en el Mundial de 1954 le mete un gol a Francia y que yo venga a entrar de cambio y hacerle un gol a Francia en el Mundial de 2010, es que es algo que cómo te lo explico”. No: no hay manera de explicarlo. Pero por eso mismo la demostración es inapelable e irrefutable. 

Todo mexicano conoce el rito del Chicharito. El partido a punto de comenzar y él de rodillas, mirando al cielo, con las manos enguantadas en pos de rezo o de plano extendidas hacia el Señor, alabando Su magnificencia, pidiendo Su intercesión. Como una marioneta antes de la función: inerte e inánime, colgada al retablo, esperando el primer jalón del marionetista. Así está él antes de que el balón comience a rodar: inmóvil, pendiendo de unos Hilos invisibles, aguardando el silbatazo inicial, que es como el soplo de vida que le da el Titiritero Supremo.  

No es el futbolista más atlético ni el más musculoso ni el más vigoroso. Pero es, no lo duda absolutamente nadie, el más entusiasta de todos. Corre y parecer que al correr va a desbaratarse. Dicen que su virtud principal es la de ser un revulsivo: un eufemismo para decir que no es extraño verle revolviéndose en el césped, porque muchas veces el entusiasmo lo abruma y lo hace perder el equilibrio y estremecerse en el suelo como héroe malherido, como feligrés que va de rodillas a la Villa.

No es tampoco el futbolista con el estilo más agraciado. Si es preciso anota sus goles con el maxilar y la mandíbula, con el occipucio o el parietal, con el hueso que hubiese menester. Para hacer el gol, Chicharito no vacila ante el ridículo, la extravagancia, las acrobacias. ¿Habrá algún futbolista en las historia del futbol mundial que haya anotado más goles carambolísticos que el Chicharito? Él no es un crack. El crack no necesita el entusiasmo porque hace lo suyo sin desgaste y casi hasta con desgano. Y por su puesto nunca solicita asistencia celestial sino que él mismo se siente D10s. Lo contrario pasa con el Chicharito. En su identidad futbolística se entreveran el esfuerzo y el rezo, la ambición (bien temperada) y la humildad, como en un rosario se intercalan las avemarías y los padrenuestros, las glorias y los misterios. 

La memeteca de Babel está llena de insidia en su contra. Pero esa crítica virtual y viral es injusta y vidriosa, hecha por estetas del futbol. El futbol es arte y por lo tanto materia de la estética, sin duda, pero también es estadística: aritmética fría y sin ornamentos. Puestos a contar goles, su efectividad no admite disputa. Ya tiene más de un centenar de goles en su carrera profesional y está a punto de ser el goleador histórico de la selección mexicana. Esto sin considerar las marcas históricas que aún ha de romper.

Es cierto: a veces falla lo imperdonable. Sabe donde poner el pie para resbalarse y errar el penalti o el remate a puerta abierta y a quemarropa. ¿Por qué son tan torpes y erráticos sus movimientos si los controla el mismísimo Señor? Alguien pensará que es porque sus tobillos son como jarritos de Tlaquepaque, pero a esa explicación le falta hondura trascendental. Ya comenté que al Chicharito lo mueven los Hilos Supremos, que no por ser divinos dejan de ser material que tiende a enredarse, y es precisamente cuando se enmarañan que el Chicharito falla, cae, rueda, siempre buscando las pruebas de su fe por el césped. Como sea, las maneras del Señor son misteriosas, y las fallas del Chicharito forman parte de un Plan inasequible para la mente humana.   

Igual de misteriosa es la paradoja del buen creyente, o del Chicharito, que ocurre cuando la fe se vuelve apostasía, cuando a fuerza de buscar a Dios termina uno lejos de Él. Chicharito triunfaba en el Rebaño Sagrado y su fe ardiente, lejos de arraigarlo en tierra santa, lo llevó al equipo de los Diablos Rojos. Pero aquí también hay un orden divino indiscernible para las pequeñas cabezas humanas. Igual que a Job, a Chicharito Dios le dio placeres y alegrías para luego ponerlo a prueba con la ignominia y la desesperanza de la banca. Sin embargo, su fe fue inquebrantable, como la de Job. El cristero del futbol se empeñó como niño terco en tolerar la suplencia sin renegar del Señor, como Job soportó las pústulas en su piel sin proferir blasfemias. Parecía que los meses en la banca comenzaban a nublar su juicio. Nadie previó lo que la terquedad le deparaba a CH14 (hoy CH7). 

Jesucristo expulsó a los mercaderes del Templo por convertirlo en cueva de ladrones, por poner el lucro por encima de la oración. Pero la relación entre lo divino y lo económico no siempre es irreconciliable. Los designios de Dios, siempre inescrutables, y los equilibrios del Mercado, a menudo impredecibles, a veces pueden alinearse, y así lo hicieron en este caso. Mammón y Dios obraron juntos para producir un milagro mercantil, y así, en el último suspiro, Chicharito recaló en el club de los divinos mamones. Solo para triunfar efímeramente, desde luego, porque hasta un milagro tiene sus límites: nada más llegar al Bernabéu, Chicharito tenía ya reservada su posición en la banca. Únicamente los meses y los lesionados le abrieron un espacio en la cancha y le dieron algún momento, brevísimo, de gloria. 

Como en la parábola bíblica de Job, Dios devolvió parte de sus alegrías pasadas al devoto feligrés, al cristero de oro. Hoy Chicharito triunfa en Alemania. ¿Se sorprende alguien de que varios de sus tantos en la liga alemana hayan sido el resultado de carambolas fortuitas (¿divinas?) y de que uno de sus últimos goles haya sido en realidad el autogol de un rival? Para su nuevo equipo, el Olimpo de Europa es inalcanzable. Pero qué importa. En tierras teutonas el Chicharito ya no sufre y vuelve a sonreír. Se le ve incluso soberbio, sobrado. Abronca a sus compañeros, rechaza a los periodistas, asume actitudes divescas, acaso esto último, una infección contraída en el vestidor madridista. Hay una sutil ironía en el hecho de que el Chicharito haya sido votado el ídolo de la liga alemana. La dócil y obediente chiva del Rebaño, el ejemplar cordero de Dios, está camino de convertirse en el nuevo becerro de oro. ¿Será semejante “honor” una prueba divina más? ¿Estará tanteando el Señor los límites de la humildad cristiana del Chicharito y su fortaleza ante la tentación de la idolatría?¿Es el club de las aspirinas una de las estaciones de la cruz? ¿O un mero analgésico para paliar los nuevos castigos y tribulaciones que le tiene preparados el Señor?Pronto se verá. Entretanto, un deseo nada más: 

¡Viva Chichacristo Rey!

Juan Espíndola Mata

P.D. ¿Alguien le ve el parecido (remoto, ciertamente, pero existente) al Chicharito con el joven Luke Skywalker?