La impresión es que Pumas no manifestó su superioridad ante el último equipo clasificado a la liguilla y –por ello– en los últimos momentos del duelo en Ciudad Universitaria, los superlíderes del torneo regular se valieron de faltas tácticas, de provocaciones al adversario, de lesiones fingidas y de tiempo perdido deliberadamente a fin de pasar de ronda y seguir con vida. A esa primera impresión, más aún, se le suma otra incluso más polémica sobre si los felinos resultaron beneficiados por arbitrajes poco valientes: no es pues un debate sobre si la tecnología hubiese mejorado los juicios del silbante (aplicada y sancionada hoy sólo en lo relativo a la línea de gol), sino uno sobre las conductas de jugadores y árbitros en un escenario o situación límite.

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Estamos, en otras palabras, frente a la gran interrogante del porqué el futbolista habría de violar el reglamento y del porqué el juez habría de abstenerse de aplicarlo. Una cuestión menos de cámaras y repeticiones desde varios ángulos y a varias velocidades, y más de psicología.

Hay una rara película francesa de 1980, Mon Oncle D’Amerique (“Mi tío americano”), en la que el director, Alain Resnais, le entrega el guión al neurocirujano Henri Laborit quien lo usa para explicar, desde sus estudios y a través de las historias de tres personajes distintos, el funcionamiento del cerebro humano y las relaciones entre individuo y sociedad. Partiendo del postulado esencial de que la razón de ser de todo organismo es preservarse a sí mismo, Laborit dice que el hombre –como el resto de los animales– tiene cuatro patrones de conducta básicos (consumo, escape, combate e inhibición). Éstos se manifiestan en función de tres capas cerebrales según la propuesta del psicólogo estadounidense Paul D. MacLean: un “primer cerebro” que dicta respuestas inmediatas de supervivencia como el beber o el comer, un “segundo cerebro” que Laborit llama también “de la memoria, porque sin el recuerdo de lo agradable o lo desagradable es imposible hablar de estar feliz, enojado, triste o alegre”, y un “tercer cerebro” o “corteza cerebral” (desarrollado al máximo en el hombre y en la mujer) que permite realizar asociaciones, conectar experiencias previas y usar esa información de modo distinto a como fue dada por el ambiente natural, “es decir, ésta es la que nos permite crear y ser imaginativos”. Las tres capas están ligadas por vínculos. Uno, el de la recompensa; otro, el del castigo. Un tercer nexo, de la inhibición.

El reglamento del futbol es evidentemente un producto de la corteza cerebral. Éste les señala de antemano, a priori, a los jugadores lo permitido y lo no permitido y a los árbitros los faculta para sancionar y castigar. La idea de la justicia en este deporte es sencilla pero robusta: una infracción a la ley de juego produce en simultáneo un castigo para el ofensor y una recompensa para el ofendido (impedir que un balón cruce la línea de gol utilizando la mano deliberadamente resulta en el cobro de un tiro penal a favor para el agraviado y provoca la expulsión automática para el infractor dejando a los suyos con un hombre menos sobre el campo). Pero las sanciones y las leyes no sólo deben tener carácter punitivo, sino también deben ser inhibidoras –preventivas– de aquello que busque dañar al rival, obtener ventajas ilegales, interrumpir la reanudación de juego y engañar al juez.

Cada que un nuevo mundial se aproxima, los partidos históricos de mundiales anteriores comienzan a retransmitirse y ahí es posible ver cómo era la práctica del futbol décadas atrás. La final de 1974 entre holandeses y alemanes, recordada por los goles de Gerd Müller y por ser la única en la carrera de Johan Cruyff, es a ojos contemporáneos lo más cercano a una carnicería generalizada: entradas con la suela de los botines directo a la espinilla desprotegida del otro, porteros sin guantes que usaban los codos más que los pies, balones aéreos disputados aquí y allá con los brazos extendidos. Precisamente por experiencias así, el reglamento se reformó para sancionar la fuerza desmedida y la intencionalidad, asimismo enfatizar el criterio de la ventaja y el dónde debe reanudarse el juego tras interrupción provocada por falta.

El penal no marcado en contra de Pumas en el partido de ida en Veracruz es un buen caso de estudio de esto último. Conduciendo la pelota, un delantero de Tiburones Rojos se aproxima a zona de peligro; el defensa lateral izquierdo de Pumas, descolocado y fuera de posición, se da cuenta que ese futbolista es su marca personal y se echa a correr a toda velocidad tras él para derribarlo antes de que entre al área universitaria. Lo carga por la espalda, pero aquél no cede hasta que la carga se torna más vigorosa y finalmente el defensa felino le cae encima uno o dos metros al interior del área penal. El árbitro reanuda con tiro libre directo a favor de Veracruz fuera del área en lugar de decretar la pena máxima: lo que indica que sancionó el primer contacto y no los contactos subsecuentes a pesar de que el criterio de reanudación indica que se debe buscar la sanción más grande posible (esto es, no aplicar la ley de la ventaja, porque sancionar ese primer contacto es perjudicar arbitrariamente al agredido y beneficiar al agresor). No estábamos pues, ante una cuestión de apreciación, sino ante una cuestión más fundamental de reglamento inaplicado.

¿Por qué entonces los futbolistas y árbitros en un partido de fútbol habrían de estar motivados para faltar a la ley que regula la práctica de este deporte? La respuesta está en el postulado de Laborit: la motivación es la supervivencia, la razón de ser es ser. Una situación límite –como una serie de partidos a eliminación directa– las más de las veces llama por el primer y segundo cerebro y poco o nada por la corteza cerebral citada por MacLean. Algunos de los jugadores de Pumas ciertamente incurrieron en comportamientos ridículos para el espectador neutral, pero no menos cierto es que todos y cada uno de ellos estaban impelidos por la urgencia de pasar de ronda. Más fascinante es, no obstante, el comportamiento del árbitro quien dejó pasar impunes entradas terribles de varios futbolistas del Veracruz meritorias de la tarjeta roja tras verse acorralado entre airados reclamos de varios de ellos durante el medio tiempo.

Sin tecnología ni pausas para ver varias repeticiones, el futbol se antoja una actividad resquicio de ese hombre primitivo cuya única motivación es la supervivencia. No por ello es menos fascinante, dado que permite observar qué es eso que nos hace desviarnos de las reglas que nosotros mismos nos hemos impuesto.

César Martínez

 

3 comentarios en “Pumas y los árbitros

  1. Yo creo que también influye en la pésima actuación de los futbolistas (Pikolín) la larga afición por la Lucha Libre, de niño se aprende a fingir dolor sobrecargando como lo hacen los luchadores.
    Esto por supuesto, no justifica la poca importancia que da el mexicano en general a hacer trampa. La trampa es una forma de sobrevivir para la sociedad en México.

  2. “La trampa es una forma de sobrevivir para la sociedad en México.” es precisamente eso: la supervivencia. El pasar de ronda rumbo a semifinales a costa de lo que sea. La bronca, para mí, es que esto se opone al discurso de Pumas (y sus aficionados) como el club distinto, cantera de la selección mexicana y contestatario del status-quo.