Allí donde se admite la intolerancia teológica,
es imposible que ésta no tenga algún efecto civil…

—Jean-Jacques Rousseau

Marchándose del Olympique de Marsella para jugar en México, su carrera en la selección de Francia parecía terminada. A pesar de que su excelente última campaña en la liga francesa y el fin de su contrato despertaban interés por él desde Inglaterra, España e Italia, prefirió no obstante cambiar aires y fichar por los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Incomprensible, decían sus compatriotas. Pero su racha goleadora en el Universitario de San Nicolás de los Garza aunada a un escándalo judicial de dos de las estrellas galas propició su regreso con Les Bleus en el mismísimo Stade de France.

1

Una hora después de que se escucharan los ecos de las explosiones de los tres atacantes suicidas en el suburbio parisino de Saint-Denis, que cimbraron el interior del estadio, André-Pierre Gignac anotó el 2-0 final de Francia sobre Alemania campeona del mundo. Tras su poderoso testarazo, marca de la casa, el delantero se abrazó a sus compañeros mientras con ambas manos hacía la señal del grupo de seguidores más popular de Tigres, la de la doble ele: la de los Libres y Lokos.

En la zozobra de los ataques y en el estado de emergencia posterior a esos hechos que cobraron la vida de más de un centenar de personas, la primera ele de Gignac simboliza precisamente el debate que en 2015 le correspondió con fatalidad a la gente en Francia pero que también nos incumbe a todos: el de la libertad. El Estado Islámico, autoproclamado autor intelectual y material, es, antes que nada, una organización política con objetivos políticos (“Estado” es lo sustantivo e “Islámico” lo adjetivo; político es lo central y religioso lo periférico) cuya neutralización es tarea de las autoridades francesas y de otros países. Sin embargo, sólo si, y sólo si la sociedad civil allá debate primero la importancia de la libertad ésta no será coartada por el Estado francés bajo la consigna de garantizar la seguridad. El escritor de futbol y corresponsal del Financial Times, Simon Kuper, quien estaba en las gradas del estadio y que ha residido en la ciudad por más de una década, declaró al día siguiente que amaba a París y no estaba dispuesto a verla convertida en un campo militar.

Únicamente en Francia lo ocurrido el viernes 13 podía –desafortunadamente– tornarse en un corrosivo cuestionamiento desde el secularismo que caracteriza a dicha nación en contra de la utilidad y profesión pública de los distintos credos de fe. De este modo, los tiroteos en las instalaciones de la revista de sátira Charlie Hebdo fueron entendidos casi en automático como un ataque contra la libertad de expresión venido del radicalismo religioso. Si así fueron entendidos, habría de considerar tanto los contenidos gráficos de la publicación impresa como la ola de ordenamientos aprobados en Francia a través de albazos legislativos por los gobiernos de Nicolás Sarkozy y François Hollande que trastocaron sensibilidades religiosas y civiles: desde la prohibición del uso de velos en lugares públicos hasta la adopción infantil por matrimonios gay, pasando por la expulsión de miles de gitanos de territorio francés en 2010.

La de Charlie Hebdo fundamentalmente fue una discusión sobre las libertades en plural y la conciencia humana necesaria para evitar que éstas choquen de frente unas con otras. Para una minoría musulmana que en Francia se halla sumida en grados diversos de desventaja política, económica y legal, las caricaturizaciones que en Hebdo aparecían del profeta Mahoma alzaban dudas sobre si los ilustradores más bien se escudaban detrás de la libertad de expresión para abalanzarse sobre la libertad de culto religioso. Por ello, no sorprendió que algunas de las figuras más empáticas con la situación musulmana ante el secularismo del Estado y los medios franceses fuesen los papas Benedicto y Francisco, siendo éste último quien señaló a la prudencia como “virtud de coexistencia humana que regula nuestras relaciones”. Bajo el debate de la armonía de las libertades, los caricaturistas asesinados aparecen un poco menos como mártires de la libre expresión y mucho más como las víctimas de un hecho criminal de proporciones terribles.

Si el Estado y los medios franceses levantan el estandarte de un secularismo que a veces se impone sobre libertades civiles y garantías individuales, la literatura y el cine francés fueron más veces críticos de ese mismo tipo de incomprensión social. En El Extranjero, Camus relata el drama de Meursault, quien es enviado a la guillotina “en nombre del pueblo francés” (esto es, por un juez y un fiscal más la incompetencia de su propio defensor), no por haber matado a un árabe a mansalva en una playa de Argelia, sino por usar su libertad para abstenerse del doble discurso que esa sociedad mostró frente a la muerte de su propia madre. En Los 400 Golpes, de modo parecido, François Truffaut narra el drama del niño Antoine Doinel, quien es encerrado dentro de un campo correccional para menores infractores por robarse una máquina de escribir por un entorno que no hace por comprender las causas de su conducta.

Muchos no comprendían que Gignac dejara el fútbol europeo para jugar en el mexicano no obstante que en uno y otro lado las reglas del deporte son las mismas. Máxime: Gignac de Tigres es el mismo de Marsella. Anota, estalla en júbilo, echa a correr rumbo a las gradas populares (las que están detrás de las porterías) y celebra dedicándole su esfuerzo a la afición. El Gignac libre, el de las dos eles, símbolo de una Francia que en estado de emergencia debe debatir la importancia de las libertades desde la virtud, la prudencia y la comprensión.

César Martínez