El consenso casi unánime entre los querientes y los malquerientes de Guardiola es que es un estratega distinto. Aquellos que han escrito libros sobre su figura no reparan en mezclar análisis y elogio hacia una mente revolucionaria, innovadora, meticulosa y buscadora de problemas para resolverlos desde la pizarra y después a la praxis sobre el césped. Se inventó la posición que catapultó a Messi al firmamento de la historia y una vez más ganará la liga alemana con meses de anticipación. Incluso aquél que se llevó un sabor de boca amargo tras tratar con él –el sueco Zlatan Ibrahimovic– se expresó de su extécnico como un “filósofo”.

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El Bayern de Múnich que dirige aplasta al que tenga enfrente ganando, gustando y goleando. Además, deja detalles. En sus dos últimos partidos –frente al Arsenal de Inglaterra por la Champions y ante el Stuttgart por la Bundesliga– dispuso de formaciones, cambios de posición y movimientos desafiantes de lo indicado por la razón: atacantes colocados en el lugar de los defensores, defensores que dejan sus puestos vacíos y atacan el centro de la zaga del adversario, un portero que usa los pies mejor y corre más que muchos futbolistas de campo. ¿Los resultados? 5-1 y 4-0 a favor respectivamente. Parecería que Guardiola se sienta en el banquillo antes del silbatazo inicial habiendo vencido de antemano a sus adversarios en la batalla de las ideas.

Pero Guardiola parece manejarse también según lo dicho por el pensador alemán Immanuel Kant en La Paz Perpetua, acerca de aquellos que se valen del sofisma del hacer primero y justificar después; estar convencido de que sus inventos se justifican por sí mismos ya que “el dios del Éxito será luego el mejor abogado”.

En un mundo perfecto de actores iguales (ésa es la idea kantiana de la paz perpetua, el adelanto humano hacia la convivencia pacífica basada en la igualdad), los inventos de Guardiola asaltan la razón porque implican riesgos absolutamente desmesurados: al delantero puesto como defensa habría que atacarle la espalda, al portero que sale de más habría que bombearle la pelota por arriba de la cabeza, al defensor que deja huérfana su zona habría que hacérselo pagar caro a través de un desmarque. Si el catalán en sus heterodoxias logra salirse con la suya en incontables ocasiones esto se debe a que –desde lo estipulado por Kant– Guardiola no gana en la batalla de las ideas mediante la razón, sino más bien gana ya sobre la cancha mediante el uso de la fuerza. Dado que el del futbol no es un mundo de actores iguales, Pep gana porque sus escuadras usualmente tienen más y mejores individualidades que las de sus rivales.

“Me he desgastado, me he vaciado, necesito llenarme”, esgrimió cuando anunció frente a un Camp Nou pletórico su decisión de dejar al Barcelona en 2012. Se había debilitado y necesitaba recobrar fuerzas, argumento consistente con el del párrafo anterior que también dice que la figura de Guardiola está más hecha de poder físico que de poder intelectual. Hasta antes de su llegada a Alemania, el Borussia de Dortmund podía competir palmo a palmo con el Bayern de su predecesor Jupp Heynckes. Llegado el entrenador catalán, los directivos muniqueses comenzaron la compra de los dos mejores futbolistas de ese gran adversario, debilitándolo así, y eliminando de antemano la competencia real y sostenida por la Bundesliga.

Más que la fuerza como tal, existe otra idea de Kant respecto a la razón al servicio de la fuerza que tal vez ayude a comprender por qué muchos de los adversarios de Guardiola prefieren contenerlo antes que atacarlo: el uso de la razón de modo especulativo. Esto es muy evidente con los entrenadores de los súperclubes de la Premier League cuyas alineaciones también tienen calidad individual a raudales más excelente preparación física y -no obstante- suelen esperar a Guardiola empavorecidos atrás.

La razón en su uso especulativo nos ha conducido a través del campo de las experiencias, y como en este campo no había satisfacción completa más que como hilo conductor, nos llevó a las ideas especulativas las cuales, a su turno, nos trajeron a la experiencia. Se cumple así su deseo de ser útil a la verdad, pero no es útil a la esperanza.

Contraria a la razón pura y a la razón práctica (las que señalarían a estos directores técnicos la necesidad de atacar a Guardiola), la razón especulativa les indica que están vencidos de antemano en la batalla de las ideas y por lo tanto mandan a sus dirigidos a la cancha con la instrucción de aguantar, aguantar, aguantar y nada más que aguantar. De este modo, Guardiola basa sus audacias tácticas especulando que el rival saldrá intimidado a especular, desprovisto de toda intención de aprovechar los riesgos desmesurados en los que incurre Guardiola mismo. Cuando su Bayern cae duramente eliminado de la Champions League, no es ante equipos con más razón, sino ante aquéllos con más fuerza individual –imposibles de desvalijar como al Dortmund– estilo Barcelona o Real Madrid.

Aunque exista un busto esculpido de Josep Guardiola que hoy está colocado sobre un pedestal en el museo de la filosofía del futbol, visto desde la óptica de Kant, este estratega no es tan distinto de sus pares de otros clubes con músculo financiero. Y sus ideas acaso también son finalmente especulaciones. Ésta es la última de las tres temporadas firmadas por Guardiola con el Bayern y llega la hora en que honre el discurso de la mente revolucionaria e innovadora dirigiendo fuera de su zona de confort: allá donde haya brecha entre chicos y grandes y sea menester marchar hacia un mundo de iguales apoyados en la razón.

César Martínez