Lo que va de la saga de acusaciones criminales por los gobiernos de Suiza y de Estados Unidos contra determinados dirigentes de la FIFA y algunos de sus cómplices comerciales deja ver que la justicia ordinaria no bastará –ni mucho menos– para reformarla. Los fiscales suizos, quienes cargan la responsabilidad de llegar hasta el fondo de la cloaca de inmundicias que subyace a ese edificio mole de cristal y hierro a las afueras de Zurich, se vieron impedidos por años ya que en la Confederación Suiza la corrupción comercial hasta 2008 no estaba tipificada penalmente.

david squires

Ilustración de David Squires.

Una emisión de 2010 de Panorama, el programa estelar de periodismo de investigación de la BBC, relató el cómo la quiebra de International Sports & Leisure (ISL) –la compañía “ganadora” de los derechos exclusivos y absolutos de comercialización de un par de mundiales– hizo del dominio público una serie de facturas por miles de francos suizos en las que aparecían nombrados personajes tales como el paraguayo Nicolás Leoz, ex dirigente de la Confederación Sudamericana de Fútbol cuya extradición a Estados Unidos sigue pendiente, e Issa Hayatou, político camerunés quien hoy funge como presidente interino ante la suspensión temporal de Sepp Blatter. Ninguno de los ejecutivos de ISL presentados ante el tribunal del cantón suizo de Zug fue procesado en su momento debido a que la entrega de sobornos aún no era materia de derecho penal en ese país centroeuropeo, lo que sigue avergonzando a una parte del espectro político local y provoca presión desde los órganos reguladores del sector bancario y financiero de Estados Unidos.

Por ello, la oficina del procurador helvético, Michael Lauber, está ante una encrucijada que parece infranqueable: facultada está para intervenir y poner de cabeza todo archivero y computadora de la FIFA así como para citar a interrogar a cualquiera de sus funcionarios, pero la legislación restringe la información obtenida del ejercicio de esas facultades a la hora de armar procedimientos y presentar acusaciones. Según un cable de la agencia Reuters de agosto pasado firmado por Mark Hosenball y Mica Rosenberg, mientras el Departamento de Justicia de Estados Unidos levantó cargos más robustos al amparo de sus leyes contra el delito de asociación delictuosa, los suizos únicamente pueden perseguir crímenes comerciales y evasiones de impuestos: de este modo la investigación criminal contra Blatter anunciada en septiembre sólo contempla el delito de gestión desleal por un probable desfalco contra el brazo comercial de la FIFA.

Quizá la encrucijada suiza sea más entendible si consideramos el papel de Michel Platini, estrella francesa de los años ochenta y presidente de la Unión Europea de Futbol (UEFA) suspendido también temporalmente. Platini fue arrastrado a las indagatorias de Lauber por un pago personal recibido en 2011 de manos de Blatter que ascendió a dos millones de francos adeudados, de acuerdo al francés, por asesoría a la FIFA entre 1999 y 2002. Considerando los derroteros de la justicia alpina, dicho pago traería consecuencias de confirmarse alguna malversación, apropiación indebida, lavado de dinero o evasión fiscal. Es decir, se perdería en un mero asunto de corrupción comercial la hipótesis política de gran calado para buscar reformar a la FIFA: que Blatter, coincidente con el año de su penúltima reelección como presidente del organismo, compró la conciencia de Platini firmándole un cheque a cambio de la declinación de una candidatura que hubiera desafiado su gestión en las urnas.

Al ser Suiza la sede de la constitución legal de la FIFA como asociación civil sin fines de lucro, la justicia estadounidense queda absolutamente fuera de la jugada para ejercer presión hacia una muy necesaria reforma político-electoral. Las sospechas sustanciales de que en Zurich se compran conciencias y votos, se ponen en marcha maquinarias políticas y se pactan tratos de no agresión, ponen de manifiesto que la corrupción sólo es una función de un sistema de democracia simulada. De este modo, la FIFA provee un buen ejemplo de eso que los politólogos denominan sistemas clientelistas, en que los partidos políticos –en este caso, actores individuales– se valen de fuentes de financiamiento irregular para distribuir como botín de campaña cuyo objetivo supremo, desde luego, es ganar elecciones. Declarando que tiene la consciencia tranquila y sus estados bancarios en orden, Joseph Blatter acaso se pavonea de más pero acaso también dice la verdad: él es un político y no un empresario y le sienta mejor ese dicho que reza que en política todo lo que se puede comprar con dinero es barato.

Al cierre de la recepción de candidaturas para suceder a Blatter en febrero del próximo año, salta a la vista la caída en desgracia del otrora favorito Platini. La UEFA ha emitido un comunicado de respaldo conjunto a la candidatura de Gianni Infantino, el secretario general –quien es más reconocido como el hombre calvo de traje que sortea las fases de la Champions League– sin mencionar en absoluto la situación de su suspendido presidente. La realidad es que, nombres aparte, el Congreso de la FIFA de 2017 sólo será distinto a los anteriores en el hecho de la ausencia del nombre de Blatter de la lista de candidatos. Sin una reforma que establezca claramente la autenticidad de las elecciones como principio de validez y que forme un organismo de fiscalización contra delitos electorales, da lo mismo si gana el candidato europeo, el asiático, el sudamericano o el africano. A más dinero, más votos dentro de un sistema nunca mejor definido como clientelista, el cual no puede ser perseguido por Michael Lauber.

César Martínez

 

Un comentario en “Reformar la FIFA: ¿hacia una asociación democrática?

  1. SEria una excelente noticia si no fuera por las intenciones ocultas de EEUU de descarrilar el mundial en Rusia y ensayar la aplicación extraterritorial de sus leyes,