Los periodistas estadunidenses saben que ahora, hombre a hombre y línea por línea, la selección de este lado del Río Bravo es mejor que la de aquél. El choque próximo por el pase a la Confederaciones de 2017 a las afueras de Los Ángeles en un inmueble al que sólo el Azteca supera en aforo e idoneidad para albergar mexicanos augura fiesta, cobros de cuentas pendientes y algarabía sin frontera. Lo saben: a su equipo ningún arbitraje le ahorró la vergüenza de caer eliminado en la última Copa Oro y su entrenador llega con el agua cerca de la nariz. Los nuestros juegan Champions en Europa y dominan la Champions de acá. Ellos no.

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Con Estados Unidos, sin embargo, hay algo que nos impide destapar el tequila, la cerveza y el whisky antes de tiempo. Precisar ese algo en lo cultural fue la tarea de Carlos Fuentes, quien primero vivió más tiempo en Washington durante sus mocedades que en el país cuya imagen evocada y aproximada esencialmente desde la literatura le hizo famoso aquí, allá y más allá. Gringo Viejo La Frontera de Cristal relatan las historias ficticias verosímiles del estadunidense en México y del mexicano en Estados Unidos para describir cómo son ellos y cómo somos nosotros. Pero lo escasamente explorado en México sobre Carlos Fuentes está en sus ensayos más autobiográficos y políticos que literarios publicados únicamente en inglés: ahí está la compilación de 1988, Myself with others, que contiene el How I started to Write.

En él, Fuentes cuenta su historia desde su nacimiento hasta los 16 años a través de su paso por Panamá, Estados Unidos, Chile y Argentina antes de aterrizar finalmente en el Distrito Federal. De cada nación él tiene algo para decir en términos históricos y políticos, aunque hablando del vecino del norte se explaya más en aquello cultural que hacía de sus habitantes llamarse estadunidenses en la época que le tocó vivir:

Yo crecí en un mundo vibrante, el de la década de los treinta en los Estados Unidos, más o menos entre la inauguración del Ciudadano Roosevelt y la interdicción del Ciudadano Kane. Mi padre era consejero de la Embajada mexicana en Washington y me obligaba en casa a leer la historia mexicana, conocer su biografía, sus nombres, sus sueños, sus derrotas. “Un país inexistente”, pensaba yo entonces, inventado por mi padre para alimentar mi imaginación infantil con un paisaje y un alma tan distintos de los norteamericanos que parecían una fantasía.

Una fantasía cruel: la historia de México lo era de derrotas; yo vivía en un mundo, el de mi escuela norteamericana, que celebraba victorias. Al sur, canciones tristes, dulce nostalgia, deseos imposibles. Al norte, confianza en sí mismos, fe en el progreso, optimismo sin cuartel. México, el país imaginario, soñaba con un pasado doloroso; los Estados Unidos, el país real, soñaban con un futuro alegre.

Como Fuentes explica más adelante, su embeleso por la cultura estadunidense jamás partió del malinchismo ni deformó en la apología –”Roosevelt nos enseñó a creer que lo primero era demostrar que Estados Unidos podía ser consecuente con sus ideales. Aprendí entonces, mi primera lección política, que ésta es su verdadera grandeza, y no, como sería norma durante mi vida, la riqueza material, no el poder arrogante mal usado contra los más débiles, no el etnocentrismo ignorante que arde en desprecio por los demás”. Ahí las reflexiones autobiográficas del escritor mexicano corren paralelas a las de F. Scott Fitzgerald, quien en This Side of Paradise de 1920 en calidad de narrador hace a una versión de su propia madre decir que “ni por un segundo me arrepiento de ser estadunidense y lo creo, es más, un arrepentimiento típico de gente vulgar y estoy segura que somos la gran nación que aún está por venir”. En Fuentes tanto como en Fitzgerald, hay la noción imbricada en la cultura del norteamericano de un proyecto permanente: quiénes son y hacia dónde van.

Más que el proyecto particular, siempre sujeto, como Fuentes vio, a los vaivenes del tiempo, lo que él realmente rescata es la voluntad –el acto deliberado y atemporal– de buscar el ideal y actuar en consecuencia. A ello se aferran los estadunidenses en las buenas y en las malas: a que su búsqueda y su voluntad no dependen de coyunturas históricas sean éstas favorables o inminentemente desfavorables, (al final del día de eso va el cine de Hollywood). El sábado en Pasadena tendrán los futbolistas norteamericanos que vérselas con una muchedumbre de docenas de miles vestidos de verde y aupados en la ola de favoritismo producto de una coyuntura en la que los mexicanos juegan Champions en Europa y los estadunidenses no.

Antes y después del futbol, no obstante, habrá ese algo cultural difícil de enunciar –que Fuentes llamó confianza, fe y optimismo, pero también brío y energía– que demarca a Estados Unidos de México más allá del Río Bravo. ¿Es ese algo lo que necesita el futbolista mexicano para dejar de fallar las fáciles que falla? ¿para resistir estoico los cañonazos de dólares? ¿para dejar de ver a su equipo jugar desde la banca o desde la tribuna?  La escuadra norteamericana que dirige el alemán Klinsmann avecindado en California es quizá la peor en décadas; pero, si hacemos caso a la existencia de ese algo que Carlos Fuentes vivió, habremos de pensar que sólo así –con ese algo– Estados Unidos puede ganarle a México.

César Martínez

 

4 comentarios en “Sólo así Estados Unidos puede ganarle a México

  1. Mexico pais de derrotas y victorias pirricas, pais de momentos y de instantes porque si vemos la pelicula completa siempre acabamos mal, en futbol la historia no puede ser diferente, las cosas en este pais las hacemos siempre mal, siempre construimos sobre arenas movedizas, muy seguramente el futbol sera cosa de el pasado y en cuanto a estructura deportiva los gringos son muy superiores, construyen siempre para ganar todos porque saben que ganando todos ganan mas los que ganarian mas con estructuras como las de mexico y no tiene que costruir bardas y tener equipos de seguridad para cuidarse de los que si se construyera de otr manera no tendria que hacerlo

  2. Debemos dejar las lamentaciones y complejos y ver de una vez por todas nuestras ventajas y posibilidades.

  3. Pues como los futbolistas no leen artículos de tan sesudos señores, ayer le ganaron a EEUU 3-2, dándole un baile. La sorpresa Empatuca se les fue encima con 3 delanteros y los mantuvo, aun en el alargue

  4. “El espíritu” diría Vasconcelos, es una mentalidad que se debe de construir en una sociedad y no sólo en los deportistas, no es inherente a un grupo étnico ni a ninguna raza. Si a los individuos se les enseña que tienen un destino (como el Destino Manifiesto) y que es un deber alcanzarlo, y que es una tarea de conjunto y no individual (como esa mentalidad monárquica de la clase dirigente de México), los individuos aprenderán cómo ejercer su voluntad para lograr sus propósitos. Eso es la educación, la escolaridad es adiestrarse en el uso de las herramientas más elementales del conocimiento, a su vez el conocimiento es una herramienta y no una finalidad…En la cultura mexicana hay una serie de yerros que ya no deberían regir nuestra existencia individual y social…