Hay una escena fugaz pero importante en Good Bye Lenin! de 2003, escrita y dirigida por Wolfgang Becker, que narra la lucha de Alexander Kerner por salvar la vida de su madre convaleciente tras la caída del Muro de Berlín y la reunificación de las Alemanias en 1990. Trabajando para una compañía de televisión satelital del Oeste, Alex da con un VHS en el que aparecen sus patrones confesándose: “Tenemos el mundial de futbol. Caído del cielo. ¡No hay mejor época para vender antenas en el Este!” Avanza la narración y en los monitores alemanes progresa asimismo la Mannschaft entrenada por Beckenbauer que ganó el título e hizo a Maradona llorar desconsoladamente. Kerner entra y sale con su furgoneta de los multihabitacionales de Berlín Oriental dejando a su paso estelas de flamantes parabólicas recién instaladas.

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Nunca un diálogo cinematográfico tan breve sirvió tan bien para pronosticar el rol jugado por la televisión del país europeo más apasionado por el futbol –y más ganador en él– dentro del colapso de Joseph Blatter. Aunque breve también, el comunicado de la Oficina del Fiscal General de Suiza, anuncio de la apertura de investigaciones criminales en su contra por gestión desleal y malversación, señala la firma de un contrato en 2005 entre él y el presidente de la Unión Caribeña de Futbol (CFU), Jack Warner (quien será extraditado a Estados Unidos desde su natal Trinidad y Tobago en diciembre próximo), como elemento de sospecha principal. Según Michael Lauber, fiscal suizo, “también violó sus deberes fiduciarios y actuó en contra del interés de la FIFA y/o FIFA marketing & TV AG”. Es decir, se sospecha que Blatter entregó a Warner los derechos televisivos de al menos cinco mundiales (1998-2014) a cambio de favores políticos personales en perjuicio de las cuentas del organismo rector del futbol, de las leyes fiscales nacionales y, por lo tanto, de la hacienda pública del país en que éste está constituido (Suiza).

¿En qué parte de esta narración entra la televisión alemana y su dinero? Una versión extraoficial del contrato sospechoso de 2005 describe un acuerdo directo entre Blatter y Warner –en tanto representantes de FIFA y CFU– por el cual el primero traspasa al segundo las licencias de medios de Sudáfrica 2010 y Brasil 2014 para la televisión caribeña a cambio de 600 mil dólares (monto que representaría sólo una fracción de su valor mercantil y jamás fue saldado por el trinitario). Salta a la vista que el acuerdo sea directo, sin intermediarios, dado que hasta 2001 la FIFA utilizó compañías privadas como terceros en las negociaciones. Sólo dos de ésas fueron, por un lado, la suizo-alemana ISL creada por Horst Dassler, hijo del Adi Dassler, el fundador de Adidas; y por el otro, la alemana Kirchmedia, propiedad del fallecido barón de los medios Leo Kirch, quien lanzó DF1: el primer servicio privado de televisión satelital en Alemania durante los noventa. ISL y Kirchmedia en oferta conjunta aseguraron los derechos exclusivos –excepto para Estados Unidos– de los mundiales de Corea/Japón 2002 y Alemania 2006, pero la bancarrota de ambas hace 13 años forzó a la FIFA a fundar su propio brazo comercializador, FIFA marketing & TV AG, por la cual Blatter es ahora investigado criminalmente. Por si fuera poco, un contrato de 2001 visto por la agencia Reuters que vincula a Kirchmedia con una empresa de Warner le reportó a éste último ganancias de alrededor de cuatro millones de dólares.

El de Leo Kirsch fue indiscutiblemente el lado más oscuro de la historia reciente de los campeones del empresariado alemán. Kirchmedia nunca logró hablarse de tú con los pesos pesados de los medios globales y, sin embargo, no escatimó en usar millones de marcos alemanes y utilizar sus canales para granjearse la amistad de políticos claves en su fugaz pero importante avance económico. El periodista Andrew Jennings, autor de The Dirty Game: Uncovering the Scandal at FIFA, va lejos al asegurar la existencia de “la Mafia de Múnich”, un subgrupo de directivos ligados a ISL, a Kirchmedia y al Bayern München, que operó una maniobra maestra para hacer de Alemania la organizadora del mundial del 2006 y dejar a sus competidores –Sudáfrica y Brasil– los dos mundiales siguientes. Jennings cita un tour de absurdos partidos amistosos del Bayern contra escuadras de Malta y Túnez que habrían dado votos favorables en el Comité Ejecutivo de la FIFA; y también menciona un enjuague financiero de Kirchmedia con el entonces presidente de la Confederación Brasileña de Futbol, Ricardo Teixeira, vía la cuenta bancaria de un criador de caballos de carreras en Río de Janeiro. No obstante la longitud de la historia de Kirch en el negocio futbol, más larga es todavía su historia en el contexto político de una Alemania pre y postreunificación donde muchas fueron las evidencias que lo ligaron al Canciller Helmut Kohl y a su Unión Demócrata Cristiana, especialmente en Baviera.

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En una pequeña villa a orillas del Lago Constanza, que hace frontera con Suiza al sur de Alemania, hay un relieve del escultor alemán Peter Lenk. En él, aparecen plasmadas más que artística, corrosivamente, las figuras de algunos campeones del empresariado alemán: Leo Kirch domina la parte inferior, pero justo detrás está Dieter Zetsche, líder de Mercedes-Benz, y al lado, completamente desnudo, aparece el nacido en Austria, Ferdinand Piëch, quien hasta abril de 2015 fuera el presidente de la mesa de accionistas de Volkswagen AG y es hijo de los fundadores de Porsche. Él habría dejado su cargo tras intentar destituir al hoy expresidente general de la firma, Martin Winterkorn, quien a su vez renunció por el escándalo descubierto en Estados Unidos sobre el software que manipula el registro de emisiones de dióxido de carbono en verificaciones vehiculares. Si el párrafo anterior inició asegurando que el de Leo Kirch fue el lado más oscuro de la historia reciente del empresariado alemán, no fue porque Kirch ya falleció, sino porque el de Winterkorn con Volkswagen va camino de superarlo.

Paradigmáticamente, el mundo del cine y del arte alemán ha sido el más rápido en criticar y reflejar la oscuridad y los excesos de una clase empresarial vista casi siempre desde los estereotipos de la eficiencia, la puntualidad y la precisión. Se trata de un sector pequeño pero importante que, igual para vender antenas parabólicas que para vender coches, no escatimó en valerse de suizos, brasileños, trinitarios o de truquear votaciones y maquinarias. Lo que expresiones germanas del cine y del arte alertaron primero toca ahora a las fiscalías estadounidense y helvética investigar y dictaminar. Y para Sepp Blatter, ciertamente, ya es demasiado tarde para renunciar.

César Martínez