A propósito del mundial de Rugby Union vale recordar que quizás las críticas más poderosas a los peores vicios de la práctica del fútbol como deporte hegemónico global  provienen de los fanáticos del rugby, allá en esos países donde éste rivaliza, sino es que tiene más arrastre popular que aquél: Francia, las distintas partes del Reino Unido, Sudáfrica, Irlanda, Australia o Nueva Zelanda. Aquellos cuya predilección –por otra parte– es por el futbol americano ciertamente lo ven muy superior al soccer, pero aún no han logrado estructurar críticas tan mordaces como las del rugby contra el futbol.

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La madre de todas ellas es la naturaleza del empleo de la fuerza (al ser ambos esencialmente deportes de contacto son fácilmente comparables utilizándola como criterio base). Además de la notoria corpulencia del jugador de rugby, salta a la vista la escasísima o inexistente protección con la cual entra a embestir y disputar la posesión del ovoide siempre y cuando no vaya más allá de los hombros del adversario. Cuando el aficionado de rugby es preguntado del porqué se juega desprotegido, las más de las veces suele responder que es por la existencia de algo así como un código general implícito de honor, un pacto tácito entre caballeros, que une y obliga a jugadores en uno y otro bando a utilizar la fuerza con pundonor, honrada y lealmente.  Así, el rugby se pinta a sí mismo como un deporte de apariencias brutales donde es más estricto el juez de la conciencia de cada jugador que el juez de campo.

Lo que, sin embargo, no implica que el juez de campo esté desprovisto de facultades y recursos técnicos para sancionar y penalizar indisciplinas relacionadas a la fuerza mal empleada y mal intencionada. Justo como en el futbol, el árbitro de rugby debe expulsar o marcar penal cuando a su juicio hay evidencia de maniobras desproporcionadas, imprudentes, que comprometen la integridad física de los otros jugadores o de agresiones desleales cuyo propósito es dañar al adversario. La diferencia entonces entre rugby y futbol radica menos en el reglamento escrito que en el no escrito y por eso el código es general, une y obliga: si el uso de la fuerza es implícitamente leal, entonces la rispidez debe aguantarse con el pundonor mencionado arriba. Por tanto, dicen los aficionados del rugby, en su deporte son inaceptables algunas de las bajezas más flagrantes del futbol como las varias lesiones y faltas simuladas, los reclamos sistemáticos al juez, el ventajismo y la constante por engañarlo.

Así el rugby alcanza unas alturas morales, y de refinamiento estético, que teóricamente son inalcanzables para el futbol. En el mundo del rugby, debates del futbol tan acalorados alrededor de dilemas que finalmente son decididos en juicios a posteriori en función del resultado –como ése de si Andrés Guardado debía o no anotar los penales de la Copa Oro– no llegan a ser dilemas si quiera: el jugador reconoce el error arbitral, toma el ovoide y falla deliberadamente para preservar la autenticidad del juego. Bajo esta óptica los juicios del jugador de rugby son a priori y en función del pacto tácito.

No obstante, el gran problema de este discurso del rugby como el deporte del jugador elevado en lo moral y refinado en lo estético es que –si bien en un principio no hace distingos socioeconómicos, raciales, religiosos o de género– acaba convirtiéndose en un discurso de actividad de élites.  El rugby, deporte para caballeros bien formados e intencionados; el futbol, deporte para viles, llorones, tramposos, vedettes y ladronzuelos. Y sólo después de que las identidades son construidas primero, se pasa a la exclusión (o segregación) real: muy conocido es que cuando los Springboks de Sudáfrica levantaron su primer mundial en 1995 ante los All Blacks de Nueva Zelanda, con Nelson Mandela presidente, la plantilla de campeones era predominantemente de ascendencia anglo-neerlandesa; dos décadas después, los africanos de color en las filas sudafricanas apenas representan un tercio del equipo.

Pareciera que, en su intento por aspirar a la altura moral, y diferenciarse así del futbol, el rugby construyó un discurso de élite que en el pasado levantó muros reales entre las personas de diversas naciones. Y, por otro lado, pareciera que, en su intento por aspirar a la universalidad y a la inclusión, el futbol permitió una serie de graves vicios resultadistas que comienzan por degradar el deporte dentro del campo y acaban por corromperlo fuera de él.

En todo caso, las buenas y legítimas críticas de la afición del rugby hacia el futbol abren un debate que siempre se agradece porque cuestionan lo que por sí mismo el futbol es incapaz de cuestionarse, ciego y cínico sentado sobre su silla de deporte global y hegemónico.

César Martínez

 

3 comentarios en “Las bajezas del futbol, una crítica desde el rugby

  1. deje de ver programas de anlisis deprotivo porque me fue evidente la pobreza de sus argumentos,se sienten dueños de la verdad, los ex arbitros desnudan con sus malos comentarios lo malo que es el arbitraje no por lo que dicen sino por lo que demuestran, para mi el fair play en el futbol se llama arbitro, y si el arbitro se deja engañar le toman la medida facilmente

  2. Sono un ex-giocatore di rugby e scrivo dall’Italia. Il vostro articolo rappresenta bene quelle che sono le peculiarità del rugby. Voglio aggiungere che -oltre a quanto scritto e descritto- la figura dell’arbitro, nel nostro gioco, rappresenta l regolamento (e dunque la legge) dove tutti i giocatori debbono attenersi alle sue decisioni. Senza reclami e discussioni frequenti in altri sport (futbol principalmente). La lealtà, nel nostro gioco, è fondamentale. Un episodio (reale) per meglio fare comprendere questo sensso di rispetto.. Alcuni anni fa, ho assistito ad un match tra due squadre di campionato italiano juniores. Un giocatore commise un grave fallo verso un avversario. L’arbitro non poteva vedere perchè era coperto da altri giocatori. Il capitano del giocatore che fece il fallo chiamo’ il giocatore e l’arbitro. Segnalo’ il fallo e fece espellere il proprio compagno. Credo questo sufficiente per meglio comprendere lo spirito di questo gioco. Una ultima cosa: nel rugby non si gioca “contro” gli avversari. Ma si gioca “insieme” a loro. Scusate la lingua italiana e spero comprenderete. Que viva Mexico. Que viva Italia. Que viva rugby . Ruggero Rizzi