Sunil Gulati (Allahabad, India, 1955) es un personaje que de buenas a primeras puede parecer absolutamente grisáceo. Pero el gris no es un color estático. Tiene movimiento en sus escalas y la capacidad de ser metamórfico: puede ser suave y amable en sus tonos ligeros, contundente y misterioso en sus matices más oscuros. Mutación a la vez del blanco y del negro.

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Quizás ser el mandamás de la Federación Estadounidense de Futbol (USSF) contribuya a su perfil de lejanía mediática comparado con otros tecnócratas deportivos en el país norteamericano. Pero pensar que Gulati es alguien de quien no merece hablarse puede tener sus consecuencias, dejando vacíos en la historia del futbol en Estados Unidos. Llegado de niño a Connecticut junto con su familia, pronto sería uno de tantos casos de los indios que viven el sueño americano: familia joven llega a Estados Unidos, padres trabajan duro, tienen hijo de excelente rendimiento académico.

Gulati tomó la decisión más exótica en el deporte: le gustaba el soccer, tan ajeno a la India del críquet como a los Estados Unidos del emparrillado, la duela y el diamante. Un nerd amante de un deporte en el que nunca destacó jugándolo. El economista egresado de Bucknell y de la Universidad de Columbia que fue estrella ascendente en el mismísimo Banco Mundial antes de aterrizar como jerarca del futbol en los cincuenta estados de barras y estrellas.

Amigo personal de la familia Kraft, dueña del grupo empresarial homónimo –ajeno al famoso queso– y de los Patriotas de Nueva Inglaterra de la NFL, fue el encargado de vigilar la subsidiaria responsable de la división para soccer: el Revolution de Nueva Inglaterra de la MLS que también juega en el estadio de los Pats, mientras era vicepresidente de la USSF. Pero él quería más.

En 2006 fue electo presidente de la USSF. Su primera decisión fue cesar al controvertido y duradero Bruce Arena para nombrar a alguien con una visión más pragmática. El elegido fue Bob Bradley, forjado en la visión universitaria y de la Ivy League sobre el deporte en Princeton, y exasistente del propio Arena durante un año en el entonces recién creado DC United de la MLS. Bradley, antiguo ejecutivo de Procter & Gamble, entendería a la perfección la visión de Gulati para la federación: jerarquías, formación de empleados, headhunting y resultados a finales de semestre. Números de economista y números de administrador. El futbol estadounidense daría resultados si era regenteado como cualquier otra empresa.

Gulati ha ganado tres elecciones y ha visto cómo se ha potenciado el sistema de reclutamiento de élite para la selección estadounidense, tanto varonil como femenil, con la ampliación de la sección de futbol en la Academia IMG de Florida. Dejó ir a Bradley para traer a alguien con star-power como Klinsmann. Dio mayor libertad a su nuevo gerente alemán de turno, tratando de flexibilizar un poco el organigrama tan metódico que se tenía. Sin embargo, esta Copa Oro ha hecho el alud de críticas caer sobre ambos. El futbol estadounidense varonil parece estar estancado en una presentación de PowerPoint ante toda una sala de juntas a la que, si bien les hace sentido sobre papel el método, en la práctica parece no funcionar.

Su último y primer gran éxito fue el Mundial femenil de 2015 de Canadá que convirtió a las estadounidenses en la mayor potencia femenina del orbe, además de recuperarles el nivel perdido años atrás. Pero, para alguien que quiere ver brillar a ambas selecciones, esto no es suficiente. Está marcado en los memorándum de la oficina de Klinsmann: dar el do de pecho en Rusia. Y si no, Gulati no dudará en llamar a Recursos Humanos en el piso de abajo… A menos que los socios de la mesa directiva del futbol estadounidense piensen que es momento de desprenderse de técnicos y tecnócratas.

O no.

El también profesor de economía en Columbia –compañero de cátedra del antiguo tesorero del FC Barcelona, Xavier Sala i Martí– se ha vuelto una pieza clave del ajedrez geopolítico que ha terminado con la inminente renuncia de Blatter. Los insiders apuntan a que fue él quien filtró la información de que su connacional Chuck Blazer evadía impuestos al fisco y quien, indirectamente, comenzó el colapso del castillo de naipes en FIFA. Algunos de los dichos de los corrillos apuntan a que lo habría hecho porque, forjado en la academia, los libros y los diplomas, Gulati es un idealista que busca la transparencia del deporte que tanto ama. Otros apuntan que sólo es uno más de tantos en busca de poder, mientras otros más lo señalan como un Caballo de Troya del gobierno estadounidense para evitar la celebración del próximo mundial en Rusia.

Lo cierto es que, al caer Blazer, Gulati terminó siendo su sucesor en el Comité Ejecutivo de la FIFA. Para lograrlo pactó con inescrupulosos líderes caribeños y centroamericanos convenciéndoles de que él abogaría por su inmunidad si le daban su voto. A la luz de los hechos, Concacaf ha sido exhibida como un bastión de opulencia rampante. Los traicionó, como Justino Compeán –su rival en esa votación– terminó traicionándolo al votar por Qatar para el 2022 cuando Estados Unidos también se postulaba como país organizador. En los pasillos del balompié hay que cuidarse de las dagas en las cervicales (¿Et tu, Brute?)

Es difícil saber cuál Sunil Gulati es el verdadero. La narrativa tiende a indicar que es una versión norteamericana y tergiversada del célebre Banquero Anarquista de Fernando Pessoa: alguien que se ensucie y cambie al sistema “desde adentro”. Pero no. ¿O sí? Tantas preguntas en el aire y tan pocas respuestas que extraer del hombrecillo de mirada aparentemente amable del que apenas empezamos a hablar lo suficiente.

¿Quién es en verdad Sunil Gulati?

¿Es el que se veía convencido de ganar la sede del 2022 mientras se sentaba a lado de su amigo Bill Clinton y que luego juraría limpiar toda la FIFA tras la elección de Qatar? ¿Será el que pacta con los caciques del futbol caribeño para su beneficio mientras comienza la limpieza? ¿Es el honrado y respetado profesor de Columbia por quien los alumnos hacen fila para llevar clase con él? ¿Por qué si aboga por transparencia se niega a revelar sus ganancias en la USSF? ¿De verdad le tomó por sorpresa el arresto de siete altos mandos de la FIFA en Zúrich a finales de mayo? ¿O acaso sabía perfectamente lo que pasaba y sólo disimuló? ¿Es cierto que tiene la bendición de Washington para ocupar la silla de Blatter? ¿Está más cerca de Robin Hood o de Francis Underwood? ¿Es todos o ninguno?

Estuvo mucho tiempo de bajo perfil. Llegó la hora de descifrarlo. Y para ello, habrá que encontrar la respuesta en su escala de grises.

Gustavo Gutiérrez