Cuando lo sacaron de su lujoso cuarto del céntrico Baur Au Lac Hotel en Zúrich, la policía suiza llevó consigo las sábanas de lino blanco para cubrir su salida por la puerta trasera sin que las cámaras lo captasen y preservar así su derecho a la presunción de inocencia. Ya los suizos le habían informado que su arresto se debía a que el FBI quería extraditarlo a suelo estadounidense para enjuiciarlo por conspiración criminal, corrupción, fraude y lavado de dinero. Tras mes y medio de prisión cautelar –lapso en el que le fue retirada la presidencia de la Concacaf– el caimanés Jeffrey Webb aceptó voluntariamente su traslado a Estados Unidos.

JeffreyWebb

Webb –brazo derecho, sucesor y vástago político del trinitario Jack Warner en la confederación de futbol que agrupa a México, Estados Unidos, Canadá, Centroamérica y un sinnúmero de archipiélagos caribeños– habría exigido un millón 100 mil dólares para beneficio personal a cambio del contrato de exclusividad de 15 millones por los derechos totales de comercialización de la Copa Oro 2013, según documentos del fiscal. De demostrarse, el apetito de Webb se probaría más grande que aquél de su antecesor, quien habría solicitado sobornos sensiblemente inferiores –50 mil dólares en promedio– a cambio de intercesión en asuntos más trascendentales relacionados a mundiales y votaciones para la presidencia de la FIFA. “Inocente”, se declaró Webb en la corte de distrito de Brooklyn y accedió entonces a pagar una fianza de 10 millones para permanecer bajo arresto domiciliario, la cual sufraga con efectivo de sus cuentas de bancos estadounidenses, 11 relojes Rolex, Hublot y Cartier, un Ferrari, una Range Rover y un Mercedes, títulos de valores bursátiles, 10 bienes inmuebles y los diamantes de su mujer.

Desde el 2013 los panameños habían advertido que en los partidos de México en Concacaf los árbitros pitan con criterios dispares. En la noche de la chilena de Raúl Alonso Jiménez, dos infracciones idénticas en cada área tuvieron dictámenes distintos: la del área mexicana fue pasada por alto; la de la panameña, pena máxima. Quizás justicia divina, Javier Hernández erró ante el arquero Jaime Penedo y Panamá transitoriamente salía con el punto del Azteca. Advertidos, ahora los canaleros vieron con más indignación que sorpresa la expulsión al atacante Luis Tejada y lapsos después una infracción idéntica de su compañero Alberto Quintero saltando a disputar la pelota con brazos extendidos que no provocó marcación igual del árbitro Mark Geiger. “La fortuna nos sonrió”, dijo Guillermo Ochoa, “los árbitros como te dan, te quitan”, declaró Guardado. Pecan ambos de exceso de inocencia en una Copa Oro en la que el Tri se ha visto favorecido con penales controvertidos y rojas rigoristas –como la del guatemalteco Contreras tras simulacro de Paul Aguilar– en tres de cinco partidos disputados. Se trata de escepticismo legítimo y justificado, duda razonable le llaman los juristas, el comenzar a tentar la idea de que la selección mexicana es beneficiada sistemáticamente por la inconsistencia arbitral.

La gran pesadilla de Warner y Webb comenzó a volverse realidad cuando su coconspirador –ése es el tecnicismo empleado por el Departamento de Justicia–, el estadounidense Charles Chuck Blazer, se declaró culpable ante la fiscalía y les delató. Pero la gran pesadilla para la Concacaf estuvo a punto de volverse realidad cuando al minuto ’88 del tiempo regular una Panamá catedrática tácticamente ganaba por la mínima y se colocaba en la gran final ante la Jamaica que eliminó a los estadounidenses. Los organizadores del torneo, que dispusieron especialmente para el Tri estadios de NFL de aforos superiores a los 50 mil aficionados, veían de este modo cómo dos selecciones de países cuya población es menor a la del Distrito Federal ganaban deportivamente su derecho a disputar el título al mismo tiempo que también garantizaban muchísimo menos de medio cupo en el estadio de las Águilas de Filadelfia: un fracaso de taquilla, de audiencia, y una debacle económica. ¿Cómo vendes contratos de 15 millones por derechos exclusivos (y pides uno para ti) si la final no es México-Estados Unidos?

Para entender el papel económico del Tri en la Concacaf y su impacto sobre lo visto en el terreno de juego bien vale echar mano de alguna versión revisada de los años ochenta de la teoría de la dependencia. Enfrentados al rompecabezas del subdesarrollo económico de Latinoamérica, ciertos economistas, como Fernando Henrique Cardoso –quien posteriormente subiría a la presidencia de Brasil– utilizaron la base de la vieja teoría, esto es, que los países subdesarrollados estaban así por culpa de los desarrollados. Que el sistema económico mundial favorecía a los grandes a costa de los pequeños en una relación perversa de dependencia económica. Cardoso y otros retomaron la idea central, pero argumentaron que la dependencia podía “renegociarse”: países con vasta población, extensión geográfica y recursos podían ofrecer economías de escala a la inversión extranjera para atraerla y desarrollarse; países escasamente habitados y chicos, en cambio, sólo podían integrarse al sistema global vía economías paralelas como el narcotráfico y la trata de personas que inexorablemente implicaban dosis grandes de ingobernabilidad y corrupción.

Si traemos la idea al mundo del futbol, los postulantes de la versión revisada de dicha teoría aciertan en cuanto a la existencia de la relación de dependencia pero erran en cuanto a la división entre países “renegociadores exitosos” y países “renegociadores corruptos”. Esta Concacaf y su estructura política y financiera depende del arrastre comercial de este Tri para seguir existiendo; y este Tri y su modelo deportivo y de negocios depende de esta Concacaf para seguir calificando sin falta cada cuatro años a los mundiales: una relación de mutua dependencia. Al hablar de renegociación de la dependencia exitosa y renegociación corrupta, paradójicamente, otros economistas como Cardoso colocaban a Brasil y México –los dos mercados gigantes de la región– en el primer caso y a naciones como Bolivia y Perú en el segundo. Sin embargo, los cargos de la fiscalía contra siete altos mandos de la FIFA arrojan los escándalos de corrupción y fraude más espeluznantes en aquellas organizaciones precisamente encargadas de organizar torneos con la participación de México y Brasil: la Concacaf, con Webb, Warner y Blazer, por un lado; la Confederación Brasileña de Fútbol, con Ricardo Teixeira y José María Marín, y la Conmebol, con Nicolás Leoz y Eugenio Figueredo, por el otro.

La idea que subyace a las varias versiones de esta teoría nos indica que hay correspondencia con el papel real del Tri en la Concacaf, ya que hablamos de una relación nefasta entre ambos que depende de la cantidad de ganancias e ingresos a costa de la calidad del futbol y, perniciosamente, a costa de su credibilidad. El atropello, repetido y aumentado, contra el esfuerzo leal de los futbolistas panameños esta vez fue advertido por una parcela considerable de periodistas, comentaristas y aficionados de la selección mexicana. Se trata pues de un escenario negro en el que la corrupción de unos cuantos no puede ocultarse ni presumirse inocente tras las sábanas de lino blanco del Baur Au Lac de Zúrich.

César Martínez