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Como ocurre con los Pumas en la liga mexicana, Brasil suele ser el segundo equipo de muchos aficionados mexicanos. El romance se oficializó en el mundial del 70, cuando el conjunto verde amarelo se coronó en la cancha del Azteca comandado por el rey Pelé. Eran los tiempos del jogo bonito y de la imposibilidad mexicana por colarse entre los mejores: el encandilamiento parecía inevitable. Lo segundo no ha cambiado pero lo primero sí, y de qué manera.

A pesar de que en los últimos 20 años Brasil ha contado con jugadores del calibre de Romario, Rivaldo, Ronaldo, Roberto Carlos o Ronaldinho, sus genialidades han contribuido a apuntalar el desastre de hoy. Las hazañas individuales de esos prestidigitadores del balón fueron suficientes hasta para alzar dos copas mundiales (Estados Unidos y Corea-Japón) pero fueron chispazos que ocultaron la extinción de una llama que se ha apagado con siete cubetazos alemanes. El encanto del Brasil de Pelé empezó su traslado hacia tierras europeas desde los mismos 70 con la naranja mecánica de Johan Cruyff. Éste inoculó luego el fútbol exquisito que floreció en la Masía, escuela catalana que diera el más bello fruto de los tiempos recientes: el Barcelona de Guardiola, y con esa base la España campeona de Sudáfrica. No es casual que de los cinco brasileños mencionados cuatro alcanzaran su plenitud con la playera blaugrana (sólo Roberto Carlos nunca la vistió). Sus talentos solían ser bien arropados y la magia de sus botines no se cebaba en lo individual, sino que era un número de entre toda la función.

Como suele ocurrir con las historias exitosas, Brasil se contentó con llegar a la cima y se echó a la hamaca. Gradual pero inexorablemente, el jogo bonito cedió el paso a la eficacia y al resultadismo. Si los endemoniados sprints de Romario o la contundencia de Ronaldo eran suficientes para coronarse, no había de qué preocuparse. Un país de cadencia futbolera tendría que producir de entre sus cientos de millones de habitantes a la siguiente figura y la hegemonía podría continuar. La destreza y la habilidad parecieron darse por descontados y en las últimas dos décadas se priorizó aquello que se pensaba faltaba al equipo brasileño: orden, disciplina, obediencia, pierna fuerte. Dunga en la cancha y Scolari en el banquillo representaron todo eso mejor que nadie.

El natural desenlace llegó. En su mundial y con un Neymar roto, Brasil fue desnudado por una Alemania que, a diferencia suya, apostó por la reinvención. Con delanteros como Hulk, Fred o Jo, los verdeamarelos no sólo daban la espalda a su tradición sino que también reconocían la sequía de un pozo que supusieron sin fondo. Su línea defensiva parecía lo mejor del conjunto y sin embargo la ausencia del capitán Thiago Silva reveló su vulnerabilidad. Los anfitriones avanzaron en el torneo a duras penas, con ayuda arbitral (frente a Croacia), sin poder batir a un portero (Ochoa), explotando la suma debilidad ajena (contra Camerún), salvándose de último minuto (ante Chile) y hasta habilitando a sus centrales como goleadores (con Colombia), pero el teatrito no aguantó los vigorosos embates teutones y terminó por derrumbarse.

Este Brasil ajeno a su historia, pentacampeón mezquino, dejó de generar simpatías. Ya desde los octavos de final muchos deseábamos ver al otrora gigante eliminado. La caída en su propio país se antojaba justo castigo por abandonarnos, por dar la espalda al fútbol vistoso y espectacular que alguna vez conquistó al mundo, por dimitir de las alegrías que alguna vez fue capaz de brindar. Se antojaba la hora de que Brasil sucumbiera y de que el trauma lo obligara a verse en el espejo para con ello decidirse por fin a volver en sí y a despojarse de esa sórdida y aburrida eficacia que puede complacer a los italianos pero que es contraria al “espíritu” brasileño. Nadie, sin embargo, atisbó la hondura de la debacle, el calado del desmoronamiento. Mientras Alemania lucía su trabajo de años con precisión, velocidad y contundencia, los goles se sucedieron como ramilletes de golpes. Inevitable pensar en términos boxísticos: el campeón arrumbado contra la lona, machacado, humillado, incapaz de meter las manos y vapuleado sin clemencia. Duele presenciar semejante derrota. Duele atestiguar que ni la historia ni los blasones suavizan la caída. La imagen del gigante moribundo siempre trae aparejado un espanto de no escasas proporciones: el horror de recordarnos nuestra perenne fragilidad.

Erick López Serrano